"La filosofía no es el arte de consolar a los tontos ... su única tarea es la búsqueda de la verdad y destruir prejuicios."

Filosofía para todos



Umberto Eco

Será porque la gente ya no soporta la televisión basura, o porque en el mundo ocurren tantas cosas horribles que se siente la necesidad de algunos momentos de reflexión serena, pero la cosa es que se están multiplicando los sitios y las ocasiones en los que el gran público vuelve a estar en contacto con la filosofía.

Sí, aquella de la escuela, a veces en un café donde se reúnen los domingos, como ocurre en París, o por medio de textos de divulgación, de fácil lectura, y a veces congregando un público increíblemente numeroso en las salas donde debaten los filósofos profesionales.

En todo esto tiene incidencia la moda y la simplificación de los medios masivos, es cierto, pero se trata de un síntoma que no debe ser subestimado. Por lo tanto, se me ocurre plantear algunas propuestas para la gente no especializada, y también para aquellos que no estudiaron filosofía en la escuela y que han ido a escuchar a presuntos filósofos y no entendieron nada. A todos ellos les aconsejo el camino más simple: leer lo que han escrito los verdaderos filósofos.

La filosofía no siempre debe parecer fácil, a veces debe ser difícil, pero en ninguna parte está escrito que para filosofar sea necesario hablar "en difícil". La dificultad del lenguaje -en filosofía- no es signo de calidad ni de perversidad, y a menudo depende del problema que se aborda.

Hay obras maestras filosóficas que han cambiado nuestra manera de ser y de pensar, y que son fatalmente difíciles, por lo que no invitaría a nadie que no sea especializado a leer la Metafísica de Aristóteles, o La crítica de la razón pura o ese libro sublime, pero intransitable, que es la Etica de Spinoza. Pero también hay filósofos que han sabido hablar de manera accesible, aunque con frecuencia son los mismos que, en otras obras, han hablado de manera poco accesible. Por lo tanto, recomiendo sólo algunos libritos (cada uno de los cuales rondará el centenar de páginas) que dejan en claro que se puede filosofar sin emplear demasiados términos técnicos.

Empecemos con Platón. Propondría el Critón, que enseña cómo y por qué un ciudadano no debe escapar a la observancia de las leyes (ya se llame Sócrates o Silvio), y pasando a Aristóteles, la Poética. Olviden que habla de la tragedia clásica. Léanlo como si describiese cómo se hace una novela policial o un film de cowboys.

Aristóteles ya había comprendido lo que más de dos mil años más tarde comprenderían Alfred Hitchcock o John Ford. Después, lean el De magistro, de San Agustín: trata de cómo se le habla a un hijo de las cosas de todos los días. Un librito genial por su simplicidad y agudeza. Por ser un cultor del medievo, me resulta difícil recomendar un texto de la gran época escolástica, porque leer unas pocas páginas fuera de un contexto sistemático puede resultar equívoco. Mejor saltemos por encima del abismo estrictamente filosófico y orientemos a nuestros lectores hacia el epistolario (sí, amoroso) de Abelardo y Eloísa. No esperen demasiado sexo, pero vale la pena.

En cuanto al Renacimiento, probemos con la oración sobre la dignidad del hombre, de Pico della Mirándola. Y después (pero solamente como antología) algunos fragmentos de los Ensayos de Montaigne. Vienen muy bien en dosis homeopáticas. Enseguida, el Discurso del método, de Descartes, un modelo de claridad, y después una antología de los pensamientos de Pascal. Finalmente, un filósofo que escribía como si estuviera conversando en la sobremesa con sus amigos, culto e instruido, el John Locke del Ensayo sobre el intelecto humano. La obra completa es extensa, pero aconsejaría limitarse al libro tercero, dedicado al uso que damos a las palabras. Tal como en el caso de Aristóteles, léanlo como si Locke estuviera hablando de los discursos actuales, confrontando sus observaciones con la primera página de los diarios y con los debates televisivos de hoy.

En cuanto al Iluminismo, me limitaré por ahora al Cándido, de Voltaire. En definitiva, se trata de una novelita, y agradibilísima. El siglo XIX es una época terrible, son libracos difíciles, pero sólo nosotros, los italianos, no consideramos al Zibaldone de Leopardi una obra de alta filosofía. Recientemente lo han recuperado en Francia, con inmenso respeto. También en este caso nos conviene andar a los saltos y leer una antología, una paginita o dos antes de quedarnos dormidos. O hago una propuesta provocativa. Como Kant es por definición demasiado exigente, vayamos a su encuentro en donde, para ganarse la vida, daba lecciones a los estudiantes sobre temas en los que no estaba especializado, mostrándose alegre, bizarro, capaz de relatar anécdotas y de expresar opiniones paradójicas: leamos sus Lecciones de antropología. El título puede dar miedo, pero el texto es muy comprensible.

¿Y después? Después, el espacio de esta columna se termina y me quedan pendientes los contemporáneos. A menos que no esperemos y, brincando de aquí para allá, picoteemos en algunas de las observaciones de Wittgenstein en sus (no asustarse con el título) Investigaciones filosóficas. De cuando en cuando decía que era loco. Sí, era loco. Pero qué loco.