"La filosofía no es el arte de consolar a los tontos ... su única tarea es la búsqueda de la verdad y destruir prejuicios."
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Socialismo histórico



I. Introducción: Orígenes del socialismo

La palabra "socialista" junto la palabra "socialismo" fueron usadas por primera vez en Inglaterra como "letras de molde" en London Cooperative Magazine, en 1826 (para referirse a Owen); y posteriormente en The Poor Man´s Guardian, en 1833. Luego se extendió al continente, primero en Francia en Le Globe (para referirse a Saint-Simon) y en Encycolpedie Nouvelle, ganando posteriormente difusión general en todo el continente.

La palabra socialismo involucra un vasto conjunto de visiones, ideologías y actitudes. En ocasiones los conceptos de comunismo, socialismo y anarquismo suelen confundirse por lo que será conveniente definirlos:

Comunismo: Es aquel estado social en el cual no existe ni la propiedad privada de los medios de producción, ni el estado, ni las clases sociales. En él un grupo humano no explota a otro, ni lo hacen entre si. También se entiende por comunismo la doctrina que aboga por el establecimiento de tal estado social, o que asevera que el mismo será inevitablemente el estado del futuro. (Giner, S.; 1975).

Socialismo: Es la teoría, doctrina o practica social que propugna (o ejercita) la posesión publica de los medios de producción y su administración también publica en pro del interés de la sociedad en general, y no a favor de clases o grupos particulares. (Giner, S.; 1975).

Anarquismo: Es la teoría o doctrina que mantiene que toda autoridad política es innecesaria y nociva, aunque otros tipos de autoridad (jurídica, religiosa) son también considerados perjudiciales. El anarquismo sostiene que, mediante la abolición de la autoridad se puede crear una sociedad justa, basada en la bondad innata del hombre y en su voluntad de cooperar pacíficamente con sus prójimos. (Giner, S.; 1975).

La idea del comunismo es muy abstracta y tiene una gran gama de interpretaciones un tanto teóricas como practicas en cuestiones políticas, históricas y económicas; destacándose entre esta gran gama el socialismo y el anarquismo. Así tanto el socialismo como el anarquismo, aunque son diferentes entre ambas, son ambas comunistas, agrupándose estas corrientes dentro de lo que se conoce como "pensamiento socialista" en general.

Los primeros comunistas de los que se tiene registro se remota a la epopeya homérica, en la que se describe una comunidad de bienes ejercitada en la campaña por el ejercito aqueo. Posteriormente Platón en su obra "La República", desarrolla un proyecto de una sociedad comunista.

También el comunismo surge en comunidades precristianas como los esenios, en la que el comunismo era parte de su vida religiosa. Lo mismo seria para los primeros cristianos, pero como algo accesorio a la fe. Posteriormente surgió un conjunto de autores con obras donde se describían sociedades perfectas, donde el comunismo formaba parte, y que va desde Sir Tomás Moro con su obra llamada Utopía, escrito en 1516, hasta Juan Jacobo Rousseau con su obra llamada Contrato Social, escrita en 1762.Estos autores se diferenciaron con los que posteriormente se los clasificaría como socialistas utópicos, en el hecho de que estos últimos se preocuparon, además de los problemas intelectuales, de elaborar los métodos destinados a conseguir sus fines. Luego aparece otra vez el comunismo como tema central en la revuelta de los campesinos en Alemania en el siglo XVI, en la que surge la doctrina cristiana (como los principios del Evangelio de San Mateo, que se aproxima al comunismo) como arma ideológica para imponer el comunismo agrario.

Lo mismo que en Alemania surgiría con el movimiento comunista que apareció en la revolución Inglesa de los puritanos. Aparecieron grupos con tendencias comunistas llamados Niveladores (levellers) y que pedían mayor representación política y la desaparición de las clases sociales. Luego entre los niveladores aparecieron grupos más extremistas, ya totalmente comunista, llamados Diggers, cuya procedencia se deriva del artesanado ingles sin una filiación religiosa concreta (aunque protestantes). La doctrina política de los Diggers puede remitirse a la obra del comerciante Gerrard Winstanley titulada "Nueva ley de la Justicia", publicada en 1649. También en 1649, Winstanley y media docena de hombres comenzaron con una experiencia comunista, con una huerta, en una colina junto al Tamesis, en Surrey; siendo por ello encarcelado (en una iglesia) por los campesinos del lugar. Posteriormente los comunistas agrarios volvieron al lugar, pero el entorno le resultaba demasiado agresivo, tanto que llevo al fracaso al ensayo. En 1652 Winstanley publico su "Ley de la libertad" en la que intento presentar una constitución comunista, en la que sus argumentos son aun teológicos. Los Diggers defienden la idea de que el parlamento suprima la propiedad, ya que esta da poder político y una sociedad democrática no debe reconocerla, además "la propiedad es una ofensa contra la moral, pues significa un monopolio sobre una parcela de la creación, entregada por Dios a los hombres para su uso y goce común". Se cree que Winstanley buscaba una reforma total de la sociedad para que se acerque al ideal de una comunidad cristiana; y para lo cual sería necesario destruir la monarquía y atacar las estructuras jerárquicas y aristocráticas de la iglesia inglesa implantando una educación completamente secular. Con los Diggers se manifiesta una ideología anarquista y que se observa en la hostilidad a todo tipo de poder.

El origen del comunismo contemporáneo puede rastrearse en los escritos de 1750 de un francés llamado Morelly y del abate de Mably, pero también puede rastrearse con la "conspiración de los iguales" que se dio durante la Revolución Francesa y que reunió dos características que lo distinguió del comunismo anterior y lo identifican con el actual, como lo sería la ausencia de justificación religiosa como teológica y la existencia de una sucesión de discípulos que continuaron y refinaron las ideas implantadas en la conspiración. La conspiración estaba basada en una organización secreta, dirigida por "un directorio secreto de seguridad pública" que constaban con aproximadamente doce miembros. Tenían como objetivo fundamental llevar propaganda, sobre todo a la tropa y a la policía, proclamando la insurrección y la restauración, para tomar así al gobierno de la constitución de 1793. Luego si la conspiración triunfaba se debería llevar a cabo una redistribución de la riqueza mediante la incautación de bienes a los emigrados y a opositores políticos, que en una primera instancia pasaría a la Asamblea Nacional para luego convertirse en comunes para todo el pueblo. Cuando ya la conspiración estaba muy avanzada el gobierno logro desarticular la organización de los iguales, condenando a la pena capital a unos treinta integrantes, entre los que se encontraba Babeuf.

Franςois N. Babeuf (1760-1797) apodado como Graco, fue el que dirigía la llamada conspiración de los iguales. El Graco había sido un burócrata en una administración feudal que con la revolución había quedado desempleado y en la miseria, desempeñando entonces una gran actividad en huelgas, protestas, manifestaciones, panfletos. Posteriormente fue elegido a varios cargos que no le privaron de tener conflictos con los diferentes gobiernos republicanos, costándole la cárcel en más de una oportunidad. Con la caída de Robespierre el Graco se quedo sin sus cargos y se convirtió en opositor y director del Journal de la Liberté de la Presse. En la misma época conoció a Felipe Buonarroti (1761-1837) de origen corso y que fue coautor de la conspiración, y su mejor historiador. Buonarroti continuo con el ideal socialista, hasta que en la época posnapoliónica fue heredada a sus discípulos, Louis Blanc y Auguste Blanqui.

Existen diversas clasificaciones que agrupan a los diferentes pensadores socialistas, de las cuales una muy usada es la siguiente:

Socialismo Utópico: Saint-Simon, Owen, Fourier.
Críticos socialistas: Simon de Sismondi.
Anarquistas: Godwin, Proudhon.
Socialismo de Estado o de Cátedra: Wagner, Rodbertus, Lasalle
Socialismo "Combativo": Babeuf, Blanc, Blanqui.
Institucionalismo: Veblen.
Socialismo Democrático
Socialismo Científico

En adelante, en este trabajo se desarrollara la vida, el pensamiento y las propuestas de algunos autores del socialismo, sin antes tratar de describir el entorno que rodeo a dichos autores.

II. El entorno de los pensadores socialista

La Europa de fines de siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX estaba sufriendo una transformación drástica, debido a cambios tecnológicos, sociales, económicos y políticos. Así se puede nombrar los cambios políticos desde la revolución francesa, el surgimiento de Inglaterra como la potencia económica más fuerte de la época, el surgimiento de la producción por máquinas y de fuentes avanzadas de energía (que surgía reemplazando el arado tirado por animales), grandes movimientos migratorios, el surgimiento de asentimientos predominantemente urbano, mayor desigualdad social, la aparición de una gran movilidad social.

En los países más industrializados la situación de los trabajadores era deplorable debido a los bajos salarios, el trabajo de mujeres y niños, jornadas prolongadas de trabajo, una estricta vigilancia al trabajador y condiciones de asentamiento deplorables. Ni Inglaterra se salvaba, ya que después de las guerras napoleónicas había comenzado una gran depresión debido que los mercados de los tejidos de algodón no se recuperaron. Empezó haber discernimiento y rebeldía contra la doctrina clásica y ataques al capitalismo, considerándola a esta ultima como un sistema que constituía una dominación del capital sobre la producción.

Mientras tanto se encontraba en pleno auge una burguesía que apoyaba la libertad y la propiedad privada, exaltaba como valor al ahorro y que mejoraba día a día su bienestar material.

Hay un surgimiento del nacionalismo y un mayor proteccionismo por parte de Norteamérica y Alemania opuesto "al librecambismo favorable a la nación más adelantada". Se discutía la conveniencia de una mayor intervención del estado para asegurar un equilibrio económico más estable y proteger el ingreso de los más pobres.

Surgían nuevas teorías filosóficas, mientras se dejaba de creer en la filosofía del derecho natural y en la constante intervención de una providencia que desea el bienestar a todos, mientras los estudios históricos hizo dudar de la permanencia de las leyes naturales. Contra la filosofía utilitarista, de corta vida, se rechazo la idea de que el hombre calcula racionalmente sus placeres y sus trabajos.

Inglaterra y el continente estaban separados intelectualmente, ya que mientras Inglaterra tenia una larga tradición individualista que se remontaba hasta la época de John Locke y que se reflejaba en una monarquía limitada (gobierno parlamentario); en el continente sus autores ponían énfasis en la actividad grupal, su pensamiento estaba influenciada por el racionalismo cartesiano (que rechazaba las cosas materiales en la búsqueda de la verdad interior) y su gobierno era una monarquía absoluta. Todo lo anterior lleva a mencionar:

Atemperando por las opiniones conservadoras de Emund Burke sobre el cambio social, el individualismo y el pensamiento libertario británico evitaron los cataclismos sociales de la Revolución Francesa y culminaron, en la esfera económica, en los escritos, ahora familiares, de Adam Smith y los economistas clásicos. (Ekelund & Herbert; 1991).

Todos los más destacados filósofos de la ilustración francesa (excepto Rousseau) vieron en la historia como "una progresión interminable de los seres humano hacia la razón y la verdad". Además surgió como teoría de la historia, que posteriormente se convirtió en teoría económica, la idea de que la sociedad evolucionaba a través de una sucesión de etapas, cada una de ellas superior a la anterior. El iniciador del planteamiento anterior fue el filosofo francés Condorcet (1743-1794), que creía que el desarrollo histórico estaba sujeto a leyes generales y que la tarea del historiador se trata en buscar y encontrar aquellas leyes por las que los hombres progresan "hacia la verdad y el bienestar". Condorcet proponía una nueva ciencia con base en la historia, que sería empírica y no racionalista. Condorcet consideraba que los errores del pasado, especialmente los que sucedieron en la revolución, son parte de una etapa de transición que lleva hacia la senda de la perfección social. Además, estudio la naturaleza temporal de la historia, observando que el desarrollo social es más desigual que el desarrollo del conocimiento, atribuyendo el retraso del desarrollo social al hecho que hasta su época, la historia había sido de los individuos, más que una historia de las masas, por lo que las necesidades y el bienestar de la sociedad habían sido sacrificados por los de unas pocas personas.

III. Autores socialistas

III.1. Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825)

Nació en la nobleza francesa y afirmo ser descendiente de Carlomagno, él cual le había encomendado "salvar la Republica francesa tras la revolución".

Publico una obra en 1817 titulada "De l’ industrie", luego publico en 1819 "Catécisme des Industriels" y finaliza en 1825 con la obra "Le Nouveau christianisme".

El conde de Saint-Simon fue más bien precursor de la sociología que teórico de la economía, siendo este unos de los primeros en proponer crear una "ciencia positiva de la moral y la política, y de la humanidad en general", es decir, que la sociedad puede ser objeto de un estudio científico. Logro fundar una escuela de seguidores que influyo en una serie de pensadores importantes que incluían a Auguste Comte, Karl Marx y John Stuart Mill.

Muchos autores critican a Saint-Simon por no haber definido claramente ningún concepto, y que su terminología (pobres, ricos, abejas, zánganos, industriales, sabios, hombres representativos) no corresponde a una clasificación rigurosa de las funciones económicas. Además hay algunos autores que han negado que el conde de Saint-Simon hubiera sido un socialista, ya que no llego a presenciar la primera revolución proletaria. Sin embargo, los que opinan que Saint-Simon fue socialista, se basan en que su doctrina fue tomada por los posteriores socialistas y que sus propuestas fueron de carácter netamente socialista (como la de una economía planificada).

III.1.2. Pensamiento y propuestas del conde de Saint-Simon:

Para Saint-Simon la propiedad privada era una fuente de desorden, al ser la causa de que los productores no consiguieran capitales baratos y en suficiente cuantía, pues " las abejas carecían de capitales; para procurárselos". También para el conde la propiedad privada era un tipo de "monopolio", porque permitía a aquellos que no producen, como los propietarios, apoderarse sin esfuerzo alguno de la renta de los que si producen, como los industriales o los obreros.

Saint-Simon desarrollo una teoría evolutiva de la historia, donde se yuxtaponían dos sistemas sociales contradictorios, una que correspondía a la Francia prerrevolucionaria basada en fuerza militar y la aceptación de la fe religiosa, y otra que correspondía a la Francia después de la revolución basada en la capacidad industrial y en la aceptación voluntaria del conocimiento científico. Para Saint-Simon "la ciencia y la industria constituían los sellos de la edad moderna".

Manifiesta que la clase de los industriales (médicos, químicos, albañiles, mecánicos, banqueros, etc.) es el sector trabajador y creador de la sociedad, mientras el sector de los nobles y propietarios son los "parásitos" de la sociedad. Realiza una crítica al orden social establecido y propone y predice para el futuro un orden social guiado por la clase industrial, pero de "bases igualitarias" (que sería el igualitarismo liberal de igualdad de oportunidades).

Pensaba que la cooperación económica y la organización industrial surgirían por si solos en el progreso de la sociedad. Manifestaba haber descubierto gracias al estudio histórico que una creciente comunidad de intereses y no en el egoísmo, acompaña el avance de la civilización.

El principal objetivo del nuevo orden social era "el control de los seres humanos sobre las cosas, no sobre las personas". Para ello se necesitaría una administración de tipo tradicional y evitar que el gobierno intervenga en la esfera industrial. Diversos escritores o cronistas critican la falta de coherencia en sus programas de reorganización.

Realizo un plan para constituir un "parlamento industrial", que según se cree fue inspirado en el gobierno británico. Para algunos autores el parlamento industrial es un anteproyecto de una economía totalmente planificada. Este parlamento estaría constituido por tres cuerpos:

El primero (Cámara de los Inventos) estaría compuesto por 300 miembros: 200 ingenieros civiles, 50 poetas, 25 artistas, 15 arquitectos y 10 músicos. Su primer cometido, según Saint-Simon, seria redactar un plan de obras públicas. La segunda asamblea (la Cámara de Examen) también tendría 300 miembros, en su mayoría matemáticos y físicos. Su tarea consistiría en evaluar la viabilidad y deseabilidad de los proyectos propuestos por la primera camera y también desarrollar un plan director de educación pública. Finalmente, una tercera asamblea (la Cámara de ejecución), de un número indeterminado de miembros, incluiría representantes de cada sector industrial. La tercera camera era la más importante en el plan general. Ejercía derecho de veto sobre todos los proyectos propuestos y aprobados por las cámaras de inventos y examen, y también podría recaudar impuestos. (Ekelund & Herbert; 1991).

En la producción de bienes privados, Saint-Simon propuso una "confederación de asociaciones profesionales", que fuera numerosa y que tuviera un "objetivo industrial común" (que era el aumento del producto). Así se podría contribuir a la eficiencia económica, compartir el conocimiento y la tecnología entre sus miembros.

III.1.2. La escuela de Saint-Simon:

Fue una escuela que se convirtió en un culto y que llego extenderse por toda Francia y a otros países. Su doctrina procedía de la obra escrita por Saint-Simon "Le Nouveau christianisme"(El nuevo cristianismo), la cual se trata de un dialogo imaginario entre un conservador y un innovador, en la que el innovador gana gracias a la exposición de la doctrina de Saint-Simon (demostrando que la sociedad necesita reorganizarse mediante una nueva escala de valores, y que en la nueva sociedad las oportunidades serán iguales para todos y las capacidades de todos los hombres serán aprovechadas, sin importar su origen social). El valor más importante de la iglesia es "el mayor bien para el mayor número posible". Profesaban la idea que la clase social más numerosa y más pobre es la que poseía los verdaderos resortes del nuevo orden del futuro.

Tuvieron a líderes como Olinde Rodríguez, Enfantin, Bazard. Muchos de sus miembros se convirtieron en prósperos hombres de negocio, que incluso llegaron a intervenir en la construcción del canal de Suez. Además, muchos de sus miembros fueron tildados de fanáticos en extremo, mientras que otros ganaban fama por su búsqueda del placer físico y sus frecuentes orgías.

Sus miembros se manifestaban a favor de desmembrar y limitar la propiedad privada; ya que esta no es por derecho natural, sino que es por "un hecho social sometido, como todos los hechos sociales, a la ley del progreso; por tanto puede ser entendida, definida y regulada de mil maneras, según las épocas". También proponían la supresión de la herencia para favorecer a los que producen (abejas), a expensas de los que no producen (zánganos).

III.1.3. Auguste Comte (1798-1857):

Fue un filosofo Francés nacido en Montpellier. Fue secretario del conde de Saint-Simon y creador de la escuela positivista y de la ciencia de la sociología. Expuso la popular teoría de los "tres estadios" de la historia y fue autor de "Un curso de filosofía positiva" y de "Por una religión de la humanidad".

Critico al pensamiento clásico considerándola como "esa tendencia vana e irracional al no admitir más orden que el que se establece por sí mismo". La clasifico como seudociencia, ya que concebía como ciencia algo diferente de lo que era para Smith o Say, pues la ciencia para Comte es "más amplia" al incluir todas las reglas para la conservación de las sociedades humanas; y "más realista" al estudiar las leyes que gobierna la evolución de las estructuras sociales, especialmente el de las instituciones liberales.

Comte criticaba a la escuela clásica porque presentaba como invariable en el tiempo las leyes de la sociedad humana, sin tener en cuenta que las situaciones sociales evolucionan sin cesar y que todo es relativo. Además, consideraba como una falacia el haber aislado uno de los móviles humanos para edificar sobre el una ciencia autónoma. Finalmente consideraba que la escuela clásica aceptaba implícitamente que las sociedades obedecen a la misma psicología y que tiene las mismas necesidades que los individuos, sin tener en cuenta que se tratan de organismos que son muy diferentes, cada uno con una personalidad propia y preocupados por la propia supervivencia.

III.2. Robert Owen (1771-1858)

Nació en el seno de una familia pobre en el norte de Gales, se auto educo con los libros del patrón para quien trabajaba, fue contramaestre en una fábrica de hilados en Manchester y de la cual se convirtió en copropietario de la factoría. Alcanzo la fama y a la fortuna antes de los treinta años (por las maquinas de hilar).

En 1800 asumió la dirección de la fábrica New Lamarck en Escocia, luego de haberla comprado con otros socios, y cuya dirección aplico las teorías sociales a la cual profesaba, logrando un éxito económico y social. Los socios de Owen no satisfecho por sus prácticas lo separaron de la dirección.

En 1813 publico una obra titulada "Ensayos sobre la formación del capital humano" y en 1821 publico un libro titulado "Sistema social" y en la que atacaba al individualismo de los economistas liberales, ya que la libre competencia era en realidad una justificación a la guerra económica y la explotación de los obreros.

Partió al estado norteamericano de Indiana donde fundó una colonia llamada "Nueva Armonía", la cual trataba de ser una realización de la sociedad ideal de Owen, pero sin embargo no lo logro.

Hacia 1833 presidio un vasto movimiento obrero sindicalista y cooperativista, fundando así lo que hoy seria los sindicatos actuales. Esta organización se enfrento con la represión gubernamental y desapareció con el surgimiento del movimiento Cartista.

III.2. Pensamiento, propuestas y realizaciones de Owen:

Durante su vida se preocupo por aquellos sectores de la población a la que probablemente se sentía identificado, ya que en definitiva había nacido, crecido, experimentado hechos similares a dichos estratos de la población y probablemente compartía un sistema de valores y normas, una percepción de la realidad similar a dichos estratos. Es por lo anterior lo que probablemente lo llevo a prestar atención sobre la situación del trabajador, desafiando opiniones sociales predominantes como que "la pobreza era la consecuencias justa de los pecados de la clase trabajadora". Owen manifestaba que no creía que el sufrimiento de los trabajadores fuese una condición necesaria para la acumulación de la riqueza, además afirmaba que una fuerza de trabajo satisfecha seria una fuerza de trabajo eficiente y que se podría transformar la realidad por las manos del hombre.

Owen profesaba como único precepto el de "mejorad el entorno social de un hombre, mejorareis al hombre"; ya que el carácter humano es la consecuencia directa de las circunstancias en que nace, vive y trabaja el hombre; por lo que se puede lograr la transformación del carácter humano a través de una nueva organización de su medio ambiente.

Como ya se nombro en párrafos anteriores Owen aprovecho la dirección de New Lamark para usarlo como campo de prueba para las teorías sociales, en un lugar donde la fuerza de trabajo era conocida como muy inmoral debido al alcoholismo y otros vicios y hábitos. Owen realizo una serie de transformaciones como la reducción del trabajo de los niños y dedicar tiempo a su educación, mejorar las condiciones de vivienda de los trabajadores, abrir tiendas baratas, imponer un sistema de promoción en la fabrica basado en la buena conducta de los trabajadores e instalar guarderías infantiles y escuelas.

Owen proponía o defendía el papel de un gobierno activo para la obtención de un sistema nacional de educación, brindar ayudas a los parados e introducir leyes de reformas en el trabajo de las fábricas.

III.3. Charles Fourier (1772-1832)

Este autor francés vivió en la pobreza y trabajo de empleado de comercio y viajante. Vivió soltero y fue considerado por sus biógrafos como excéntrico y fantasioso. Tenía como habito frecuentar salas de lectura.

En 1803 publico un artículo titulado "armonía universal" en donde manifiesta que es preciso completar el trabajo de los sabios, ya que han descubierto las leyes del movimiento material, pero no las leyes del movimiento social. Luego en 1808 publica su primer obra llamada "teoría de los cuatro movimientos capitalista" en donde realiza una denuncia sobre el sistema capitalista.

III.3.1. Pensamiento y propuestas de Fourier:

La base de su doctrina consistía en un hombre natural en donde las pasiones son buenas, por lo que rechazaba el mundo social tal como estaba organizado en su tiempo. Fourier consideraba que había que acabar con las reglas de la moral aceptada y dejar fluir a los instintos como la mentira y la hipocresía. El abandono general de la moral convencional significara el establecimiento del reino de la armonía social.

Para Fourier "existe una unidad del sistema de movimiento para el mundo material y el mundo espiritual". Así la historia humana no es más que un aspecto del movimiento universal que se fragmenta en cuatro ramas: lo social, lo animal, lo orgánico y lo material.

Fourier creía que la civilización pasaba por determinadas etapas de desarrollo en la que se destacan la confusión, el salvajismo, el patriarcado, la barbarie, luego la etapa por la que pasaba Francia, por ultimo y luego de pasar por una sexta etapa se llegaría "a la pendiente que subía hasta la armonía" que era la última etapa de absoluta felicidad y que duraría ocho mil años, después de la cual la historia se invertiría, y la sociedad volvería a transitar nuevamente por el mismo camino de etapas recorrido ya anteriormente. Luego Fourier detalla los cambios que en el mundo acompañarían a la armonía:

La tierra será coronada por el polo norte, con un anillo semejante al de Saturno, y el mar se potabilizara, y adquirirá un sabor a limonada; nuestro pálido e ineficiente satélite será sustituida por seis lunas y una nueva fauna de dóciles bestias medrara sobre la tierra. En los asuntos humanos reinara la armonía universal, estado que se caracteriza por la ausencia de derroche de energía que son típicos de la corrompida sociedad moderna. Por ende, no habrá ni criados, ni burócratas, ni ejércitos, y ni siquiera un buen numero de industria que absorben mucho esfuerzo y que son totalmente inútiles para las necesidades del hombre. La armonía general significara también que la fragmentación del trabajo social moderno será superada: los hombres trabajaran menos, pero trabajaran solidariamente, bajo el signo de la cooperación y la libertad.(Giner, S; 1975).

En un plan de reorganización de la sociedad Fourier proponía una generalización de ciudades jardines (phalansteres o falansterios) cada uno con una forma de gran hotel, en la que vivirían mil quinientas personas. No existiría ninguna limitación a la libertad, ni una redistribución de la renta del tipo nivelador (ya que la desigualdad de la renta y la pobreza son de ordenación divina, por lo cual todo debería permanecer como esta). Fourier no criticaba la propiedad privada per se, pero si su abuso, por lo que cada residente tendría que poder adquirir las habitaciones según las posibilidades y gustos individuales. Se enfrentaría al "egoísmo desenfrenado" vía cooperación; por lo que la producción económica y las tareas domesticas en el falansterio se realizaría colectivamente; asignando el trabajo sucio a los niños, mientras que los adultos harían solo el trabajo que le gustase. Para Fourier el primer mal del capitalismo era " el conflicto de intereses individuales", y que para eliminarlo cada miembro seria un propietario cooperativo, así como un perceptor de salarios; además cada miembro obtendría una parte de la renta como capitalista y director.

Luego cuando todo el mundo estuviese organizado en falansterios, habría un sistema general de garantías, por la cual toda persona seria asistido por un servicio público que recibirían en caso de necesidad (encontrar empleo, ayuda en caso de enfermedad, etc.). Cuando el mundo viva en falansterios y haya triunfado el garantismo, el hombre transformara la faz de la tierra con grandes obras colectivas.

III.4. Jean Charles Leonard Simonde de Sismondi (1773-1842)

Nació en Venecia dentro de una familia Austríaca de origen Italiano.

Fue historiador y escribió dos grandes libros de historia general "La histoire des republiques Italiannes" y la "Histoire des Francais" de veintiún tomos.

De joven vivió en Inglaterra donde recibió el influjo de Adam Smith, como lo demostraría una exposición de sus ideas en "La richesse commerciale" escrito en 1803. Luego con el paso del tiempo Sismondi tomo una actitud crítica contra las teoría de la escuela clásica, especialmente contra Ricardo, como lo demostraría sus obras "Nouveaux principes d’ economie politique" escrito en 1819 y "Etudes sur l’ economie politique".

III.4.1. Pensamiento y propuestas de Sismondi:

Consideraba a la economía política como un subconjunto de la ciencia del gobierno y como una ciencia moral, oponiéndose así a verla como una ciencia de cálculo.

Sismondi hizo un análisis de la evolución económica, dividiendo la historia industrial en tres etapas (esclavitud, feudalismo y capitalismo) y que según lo que creen algunos autores fue el germen de la interpretación económica de la historia propuesta por Marx.

Escribió una teoría sobre la sobreproducción (que se expondrá en el siguiente apartado), una teoría sobre la causa de la explotación y sobre la consecuencia de la explotación. Las causas de la explotación comenzaba en un régimen de libertad contractual en donde los asalariados podrían aceptar su propia explotación ya que "libertad de derecho no implica automáticamente la libertad de hecho", pues al concertarse un contrato de trabajo las partes no están en la misma situación; el empresario percibe una ganancia; el trabajador un medio de vida, de modo que sufre una presión mucho más fuerte que aquel. Además la competencia entre los trabajadores se agrava como consecuencia del maquinismo y del régimen de libertad imperante ante la inexistencia de los gremios para limitar el número de obreros. La competencia entre los mismos empresarios les impulsa a reducir al mínimo sus gastos de mano de obra, lo que ejerce una influencia hacia la baja de los salarios. Como consecuencia de la explotación es que se llegaría en un futuro a una separación cada vez mayor entre las clases sociales, siendo que a la vez los ingresos de los más pobres serian lo bastante bajos para que estos puedan acceder a la propiedad de los medios de producción, mientras lo que ya lo poseen se beneficiarían de las plusvalías (los trabajadores no participan de los beneficios realizados por la colectividad como una consecuencia del progreso técnico) y acumularían capitales en cantidades cada vez mayor.

Para solucionar lo anterior Sismondi proponía: una intervención del estado para que lograra la conservación de los gremios y suavizar por consiguiente la competencia, que se realizara un progreso técnico más lento, la vuelta a costumbres patriarcales en la agricultura, acceso de los trabajadores a la propiedad del capital, que se generalice el sistema de pequeña empresa, que la empresa tome a cargo el mantenimiento del empleado en tiempo de enfermedad, paro o vejez. También abogo por reformas tales como garantizar a los trabajadores derecho de organización, de abolir el trabajo en domingo, comprimir las horas de trabajo, limitar el trabajo a los niños y poner frenos a la producción restringiendo los progresos de la invención.

III.4.2 Objeción de Sismondi contra la escuela clásica:

Según este autor la economía clásica tiene por objeto el estudio de la riqueza considerándola crematística, fría e inmadura; pues la riqueza mal distribuida no procura bienestar, ya que los empresarios tienden a satisfacer las necesidades de lujo o de pura ostentación antes que las necesidades más apremiantes de las masas.

Ataco al método abstracto deductivo de la escuela Ricardiana, ya que consideraba que los razonamientos demasiados abstractos eran inadecuados para la época y que eran estos culpables de extraer demasiadas observaciones sueltas y referidas solo a Inglaterra sin referencia a otros países. Protesto contra la tendencia de los teóricos abstractos a considerar los hábitos y las costumbres como simples cálculos.

Sismondi no estaba de acuerdo con Ricardo por haber situado sus demostraciones fuera del tiempo y del espacio. También no estaba de acuerdo con las conclusiones de la teoría económica clásica porque las consideraba falsas y a veces presentadas como principios absolutos. En la arena social, afirmaba que el ejercicio del egoísmo individual no coincidía con el interés general, como afirmaban los clásicos.

Para Sismondi era un error la afirmación de Ricardo y demás Clásicos sobre la realización automática de un equilibrio permanente. El equilibrio entre las necesidades y la producción no se lograba por si misma, como sucede en situaciones de sobreproducción que puede prolongarse en el tiempo debida a la explotación continua sobre los asalariados. Estos últimos no recibían un contravalor de lo que producían imposibilitándole rescatarlos. Mientras tanto los empresarios con gran poder de compra orientada hacia los artículos de lujo, ejercían influencia mediante su demanda para que la producción se guiara hacia los bienes de lujo, provocando que la producción de los artículos de primera necesidad al no colocarse fácilmente se encontrara desatendida. También la sobreproducción podría ser generado por la introducción de la maquinaria que ahorra trabajo y desplaza a los obreros. La maquinaria era cara y que por lo general se concentraba en las mayores empresas, por lo que muchos pequeños fabricantes tienen que abandonar el negocio generando desempleo y una reducción en los ingresos de muchos consumidores, mientras un mayor número de maquinas genera un mayor producto.

Finalmente critico al hecho de querer ver al hombre aislado del mundo y que la teoría clásica llegaba a conclusiones que eran desmentidas por la realidad.

III.4.3. Criticas a Sismondi:

Se le escapo la constatación de los factores concretos que constituye la fuerza motriz del desarrollo histórico. También se le escapo que el crecimiento del producto crea con frecuencia oportunidades adicionales de empleo, es decir que el aumento de la producción tenía que ser precedido por un aumento de la demanda, por lo que la existencia de una sobreproducción seria solo temporaria. Además en el esquema de la distribución sobre la que se basa la teoría de las crisis motivada por la sobreproducción empleo un método abstracto y cometió errores tan graves como los economistas a quien criticaba.

Los distintos autores consideran que el análisis de Sismondi era mediocre, que se vale de conceptos imprecisos y mal definidos.

III.5. Pierre Joseph Proudhon (1809-1865)

Proudhon nació en el seno de una familia de artesanos que logro cierta holgura económica con la explotación de un pequeño comercio de detalle, haciéndose posteriormente en propietarios de varias parcelas de tierra.

De niño trabajo como pastor de bueyes hasta que una bolsa de estudios lo hace ingresar en el colegio real de Besaςon. Obtiene un oficio de tipógrafo. Aprehende el hebreo y estudia la Biblia, para atacar con más elementos a la religión (según algunos de sus biógrafos). Posteriormente obtiene de la academia de Besaςon la pensión Suard.

Se instala en París donde colabora con una enciclopedia católica, en donde trabaja en el estudio de las lenguas y de la economía política.

En 1840 publica un ataque contra la propiedad privada titulada "Qu’ est-ce que est la propieté?", donde le sirvió para adquirir notoriedad y acusaciones de conspiración contra el estado, pero de la cual fue absuelto. Luego en 1846 publica la "Philosopie de la misére". Con Proudhon al nivel de la propia teoría empieza a divergir el anarquismo con el socialismo.

En 1848 es elegido diputado y posteriormente es condenado a tres años de prisión por una serie de artículos contra Luis Napoleón Bonaparte. Mientras cumple su condena se casa. Luego en 1858 publica su obra esencial acerca de la justicia en la revolución y en el Iglesia, por lo cual fue procesado por ultraje a la religión y a la moral, escapando por consiguiente a Bruselas. Vuelve a París en 1863, donde muere dos años después.

III.5.1. Pensamiento y propuestas de Proudhon:

Para Proudhon el contrato de trabajo libre establece el salario según la importancia del servicio prestado; luego si se produce explotación es porque el trabajo en conjunto con otros obreros es más productivo que el de esos mismos obreros trabajando aisladamente; lo que logra el empresario es el valor del trabajo en conjunto, mientras que paga al trabajador un salario determinado por la productividad individual; de modo que el beneficio es la plusvalía o "surplus" dada por los diversos trabajos; por lo que la explotación es un fenómeno necesario.

En la tesis "la propiedad es un robo" el autor afirma que incluir la propiedad como un derecho natural seria una contradicción porque el propietario se atribuye unas riquezas que por origen natural deberían seguir siendo comunes, pues Dios hizo la tierra y de él es la tierra. La propiedad llegaría a destruir la libertad y la igualdad al permitir que algunos individuos acaparen instrumentos de trabajo que existen limitadamente, por lo que los trabajadores que desean utilizarlos no pueden hacerlos sin comprar a los propietarios este derecho de uso sin pagar unos "derechos de aduana" (que es la renta del trabajo del obrero). Luego afirmaba que la propiedad en el conjunto de las funciones sociales es causa de grandes males como de bienes, es la que garantiza la libertad del individuo frente a las presiones sociales (lo que es indispensable); por lo que la institución de la propiedad es una realidad antinómica fuente de a la vez del despotismo y la libertad. Proudhon proponía no eliminar la propiedad, sino universalizarla, ya que si todos tuvieran una propiedad lograrían garantizar así la libertad. Para lo anterior el estado no intervenía en la división de la propiedad, siendo necesario para lograrlo realizar créditos gratuitos.

Proudhon argumentaba que los poderes políticos tienden siempre hacia la centralización y hacia la tiranía. Proudhon quería una libertad que fuese absoluta en todas partes y para siempre, arraigada en un orden social consistente en una organización industrial en lugar de gobierno, de contratos en lugar de leyes, de fuerza colectiva en lugar de fuerza publica, asociaciones industriales en lugar de ejércitos y centralización económica en lugar de centralización política. Quería reemplazar las clases de nobles, burgueses y campesinos, o de hombres de negocio y obreros por títulos generales y departamentos especiales de la industria. Proudhon declaraba que "la verdad y la realidad son esencialmente históricas" y que "el progreso es inevitable", luego continuaba diciendo que "la ciencia y más que la autoridad, tiene la llave del futuro, y ella, más que el egoísmo es la única capaz de establecer la armonía social".

Proudhon refutaba algunos argumentos de los economistas clásicos, como lo hacía con una premisa del liberalismo clásico, que la consideraba falsa y hacia que se abortara sus conclusiones. Esa premisa era que mecanismo de precios servía para conseguir los fines sociales, pero Proudhon afirmaba que dicho mecanismo era tan opresivo (a causa de la difusión extremadamente desigual del poder del mercado y no como decían los clásicos de que el poder económico era más o menos igual para todos) como el gobierno y la ley.

Ekelund y Herbert considera injusta la crítica hacia el liberalismo económico de Proudhon, porque este criticaba al monopolio y no a la competencia. Proudhon afirmaba que la competencia era "el sabor del intercambio, la sal del trabajo. Suprimir la competencia es suprimir la misma libertad".

III.6. Karl Rodbertus (1805-1875)

Rodbertus fue un terrateniente y abogado prusiano, aunque paso la mayor parte de su vida retirado, llego a ser unos de los eruditos más reconocidos de su época y considerado por muchos como el fundador del socialismo científico.

Algunas de sus principales puntos de vista se encuentran en una de sus primeras obras "Para un conocimiento de nuestra condición económica". Entre los años 1850 y 1851 escribió "cartas sociales". También escribió una obra titulada "El sistema de los derechos adquiridos". En sus obras hay muchas reminiscencias a Ricardo y Sismondi; concentrando su interés sobre la naturaleza y la función del capital, que era un problema abordado, pero no resuelto por los clásicos.

III.6.1. Pensamiento y propuestas de Rodbertus:

Rodbertus realiza una crítica sobre "la idea de la armonía necesaria entre el interés general y los intereses individuales en el régimen de competencia". La adaptación de la producción a las necesidades sociales no está garantizada (ya que solo la producción se adapta a la demanda), pues en un régimen de "apropiación privada" hay una concentración del poder adquisitivo que hace que los empresarios busquen ante todo una rentabilidad y por ello traten de satisfacer la demanda de los más ricos, ya que es más segura que satisfacer las necesidades más vitales. La producción se llevara a cabo por el móvil de la ganancia; el asalariado obtendrá el costo de su subsistencia y recibirán cada vez una proporción menor del ingreso nacional. Con una caída en la participación de los salarios el consumo de los asalariados decrece, conduciendo a atascar el mercado, a la caída de los precios y a una mayor desocupación.

En contradicción con la tesis clásica, Rodbertus distinguió productividad y rentabilidad, ya que el deseo de rentabilidad lleva al empresario a producir menos de lo que podría a fin de elevar los precios y por consiguiente los beneficios.

También critica a la teoría clásica de la distribución. Divide la renta en renta de trabajo (que es productivo) y renta sin trabajo. Con la renta de trabajo Rodbertus trato de refutar la idea clásica del capital al rechazar que el ahorro fuera una condición necesaria para la formación de capital. Rodbertus señala que el ahorro no se necesita para la formación de capital porque en una economía cerrada el capital es el resultado de una colaboración entre la naturaleza y el trabajo, mientras que en una economía primitiva el ahorro no hace falta para que el hombre construya un arpón o una red o una maza. Además cuando la economía es adelantada, pero sin propiedad privada, el capital se forma por una unión de una aportación natural y trabajo, solamente en una economía de cambio con propiedad privada el ahorro forma capital. Lo que crea el ahorro es el capital desde el punto de vista de los particulares, es decir crea el capital privado; que se presenta bajo la forma de viviendas, dinero atesorado, joyas; y que no desempeña necesariamente una función productiva. La retribución del capital privado es el interés, siendo esta ultima consecuencia del régimen jurídico de propiedad. El interés no se explica ni por la productividad del propio capital privado, ya que no siempre es productivo; ni por el sacrificio que constituye el ahorro, ya que hay en algunas oportunidades capital sin ahorro. El capital privado es distinto al capital objeto (capital desde el punto de vista de la sociedad). Pero para James:

En realidad, los razonamientos de Rodbertus son erróneos desde el principio. El ahorro es necesario para la formación de capital, hasta en las economías primitivas. Naturalmente, el ahorro no siempre adopta la forma de una suma de dinero, puede incluso no materializarse; hay ahorro cuando se ejecuta cuando se ejecuta un esfuerzo que no tiende directamente a un consumo inmediato... el capital privado, aun en forma de viviendas o de joyas puede prestar una serie de servicios (de alojamiento, de ornato, etc.), de modo que no puede negarse su productividad. (James, E.; 1974).

El trabajo origina todos los productos económicos directa o indirectamente, cambiándose todos los productos en proporción de las cantidades de trabajo que originan. El trabajo intelectual y la tierra, Rodbertus lo consideraba como "un don gratuito de la naturaleza".

La distribución desigual e injusta de la renta se ve alentada por el incremento de la productividad que sube el producto, mientras los salarios se mantienen a nivel subsistencia (ley de bronce de los salarios, que tiene que ver con el esquema malthusiano); por lo que la distribución seria cada vez más desigual debido a la participación decreciente del salario. Rodbertus declaro que el principal problema a que se enfrenta el economista es la justicia distributiva. Además Rodbertus consideraba que la renta sin trabajo no provenía de la productividad de los factores, sino que constituían una forma de explotación de los trabajadores debido al estado en que se hallaba las instituciones.

Rodbertus sostenía como solución que las masa alcancen el poder político, y una vez conquistada propuso hacer reformas al estado para lograr un sistema de previsión social dirigido que no distribuyera la riqueza, sino sus frutos a través de medidas gubernamentales. El estado mediante medidas debería establecer jornadas de trabajo más cortas, una cantidad de trabajo normal por día, fijar el nivel de las diversas rentas, asegurar la sustitución del dinero por bonos de trabajo en el pago de los precios de los productos y servicios productivos (logrando así la armonía), fijar los precios al nivel de los costes de producción de los diversos productos medido en trabajo.

III.7. Ferdinand de Lasalle (1825-1864)

Nacido en el seno de una familia aristócrata judía de Silesia, fue caracterizado como "individualista, brillante y emprendedor". Trabajo con Marx y Engels en la "nueva gaceta Renana" en Colonia, y ayudo a Marx desde Berlín financiera y editorialmente a salir de la cárcel, cuando estuvo preso por revolucionario. Sin embargo las relaciones entre Lasalle y Marx no fueron buenas, sobre todo del lado de Marx. Escribió un libro titulado "El sistema de los derechos adquiridos", donde expresa su filosofía política con un marcado tinte de idealismo Hegeliano al tratar de explicar la producción de bienes y las diferentes formas de distribuir la propiedad.

En 1863 fundó la Allgemeine Deutsche Arbeiterverein (Unión General Alemana de Trabajadores) y con ella una tendencia socialista llamada "socialdemocracia". Luego en 1875 durante el congreso de Gotha la Unión General Alemana de trabajadores se unió a otro grupo formado por partidarios de Marx, dicha unión se llamo Partido Socialdemócrata de Trabajadores; que en 1891, luego del congreso de Erfurt, paso a llamarse Partido Socialdemócrata Alemán. Lasalle murió al batirse a duelo por una condesa en 1864.

III.7.1. Pensamiento y propuesta de Lasalle:

Lasalle critico al capitalismo, centrándose en torno a la ley de hierro del salario (tema ya tratado por los fisiócratas, Ricardo, Malthus y Rodbertus) que dice que "el aumento en la productividad del trabajo no redunda en beneficio de los trabajadores, sino en beneficio de los receptores de beneficios y de renta". Además "si suben los salarios, aumenta la población, con lo que se vuelve de nuevo al mero nivel de subsistencia, y a los salarios mínimos otra vez". Los ataques de Lasalle al capitalismo y la propiedad privada se basaron en la creencia que la humanidad estaba regida por oportunidades fuera de control del individuo, por lo que se hacía necesario que el estado tomase a su cargo la producción y distribución a favor del bienestar social.

Como propuesta Lasalle promovía el dominio del estado por el proletariado, mediante los votos de estos (vía democracia); ya que Lasalle "confiaba en el poder omnímodo del estado" para llevar adelante las reformas necesarias, para encaminar a toda la sociedad hacia el socialismo. La política de Lasalle difería de la política de Marx en la táctica revolucionaria a seguir, en la que Lasalle proponía el sufragio universal, aunque ayudo a Bismarck a unificar Alemania por la fuerza, siendo a la vez esta el punto más álgido de la discusión con Marx.

III.8. Louis Blanc (1811-1882)

Blanc fue en vida un político e historiador francés. Fue miembro del gobierno provisional en 1848. Escribió una obra titulada "Historia de la revolución francesa" y de otra denominada "La organización del trabajo", esta ultima publicada en 1841.

Blanc consiguió fundar unos "talleres sociales" que tenían la función de dar trabajo al proletariado en paro, sin explotarlo capitalisticamente.

Fue criticado por parte del socialismo, porque estaban en desacuerdo con el enfoque estatista y actitud reformista de Blanc. Blanc profesaba el principio "a cada cual según sus necesidades", y consideraba que el estado era el único capaz de poner en vigencia y garantizar su cumplimiento. El principio nombrado anteriormente se convertiría en la base de su teoría posterior.

Blanc había elaborado un programa que contaba con la ayuda del estado para crear lo que él llamaba "almacenes de trabajo social", y que los consideraba como los futuros sustitutos de la industria privada. Los almacenes de trabajo social estarían unidas en una federación subvencionada y dirigida por el estado.

IV. Conclusiones

El entorno que rodeaba a Europa en fines del siglo XVIII y primera mitad del siglo de XIX (que es el periodo de estudio de este trabajo) estaba cambiando, y esos cambios provocaban trastornos y una transformación de las sociedades hacia una mayor complejidad. Los cambios no se daban por igual, ya que Inglaterra llevaba la delantera con respecto al continente. Dichos cambios eran múltiples, y abarcaban lo tecnológico, lo social, lo político, lo económico.

Los autores socialistas compenetrados con la realidad de su época, captaron las calamidades que sufrían ciertos estratos de la población, debido al cambiante entorno, e intentaron explicarlo y proponer soluciones a dichos problemas. Pero la visión de los autores socialistas chocaron contra las doctrinas clásicas preocupadas por el crecimiento y la eficiencia. Además el distanciamiento geográfico que se reflejaba en el distanciamiento intelectual entre Inglaterra y el continente, hizo que la doctrina socialista y clásica se distanciaran aun más (aunque hubo puntos en común entre ambas, como la noción de plusvalía o surplus), ya que mientras en el continente profesaban el colectivismo, el racionalismo, el estatismo y las ideas de Condorcet y otros sobre la historia, en Inglaterra predominaba el liberalismo, el control del gobierno para impedir la restricción sobre la libertad individual, el empirismo. Así se observa como la disciplina de la historia influyo en todos los socialistas utópicos analizados en este trabajo, el papel importante del estado para los autores propiamente socialista (recordar que a los autores socialistas y anarquistas se lo engloba bajo la denominación de autores socialista en general, o tan solo autores socialistas), pero no para los anarquistas que lo identificaban como opresor, y el colectivismo que influyo en todos los autores socialistas y anarquistas del continente (rechazando de paso al individualismo).

Luego podemos suponer que la percepción de la realidad difiere de un estrato de la población a otro; ya sea por hábitos, creencias y experiencias diferentes, como la distinta posibilidad de una educación adecuada y distintas condiciones para una elaboración intelectual. Teniendo en cuenta este supuesto, se puede concluir que las ideas y propuestas de Owen, tan diferentes a las que imperaban en su época y lugar, es decir en Inglaterra de principios del siglo XIX, se debe a que Owen nació y creció en un estrato de la población diferente de la que surgían dichas ideas y doctrinas, por lo que se marca así otra causa que influyo a dar forma al pensamiento socialista y de la diferencia entre esta con la doctrina clásica.

Con todo lo anterior se intento explicar que el pensamiento socialista en general fue fruto de la época en que surgió y que las causas de las diferencias con la doctrina clásica fueron por las distintas características que rodearon a los autores de ambas doctrinas. Sin embargo ambos intentaron explicar aspectos de una misma realidad, cada vez más compleja y amplia, proponiendo líneas determinadas de acción para modificarla.

El pensamiento socialista analizado en este trabajo sigue siendo actual, ya que fue la piedra inicial sobre la que se construyo el socialismo actual (como la corriente marxista y la corriente de la socialdemocracia), y de ella se derivan diferentes maneras de ver al mundo y formas de hacer política.

Bibliografía:

Dennis, Henri; "Historia del pensamiento económico", Ed. Ariel, Barcelona, 1973.
Ekelund, Robert B. & Herbert, Robert F.; "Historia de la teoría económica y de su método", Ed. Mc Graw Hill, 1991.
Fergusson, John M.; "Historia de la economía", México, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1958.
Giner, Salvador; "Historia del pensamiento social", Ed. Ariel, 1975.
James, Emile; "Historia del pensamiento económico", Ed. Aguilar, Madrid, 1974.
Macionis, John J. & Plumer, Ken; "Sociología", Ed. Prentice Hall, Madrid, 1999.




Elementos de Teoría Política




Ideología

El concepto de ideología es uno de los más polisémicos y controvertidos de los utilizados tanto en la práctica política como en la obra teórica de politólogos y otros cientistas sociales. Este ensayo constituye una presentación esquemática de su historia, de modo de captar la manera en que, por más de dos siglos, la vitalidad de la ideología se ha conectado con aspiraciones, actitudes, definiciones y hasta sueños ilusorios frente al cambio social. Y mostrar también sus relaciones, complejas y a veces turbulentas, con la religión, la ciencia y la filosofía con las cuales la política, en tanto encaminada a instituir las relaciones de poder entre los seres humanos operado sobre creencias y afectos, disputa -y a veces comparte- espacios y dispositivos conceptuales.

Origen y primeros desarrollos en torno a la noción de Ideología

La palabra ideología data de la época de la Revolución Francesa. Aparece utilizada originalmente por el filósofo francés Antoiné Destutt de Tracy entre 1796 y 1798 en unas conferencias académicas pronunciadas en el Instituto, en París, bajo el título Memoria sobre la facultad de pensar, que fueron luego publicadas -en 1800- en forma de un libro: Los elementos de la ideología. Podría decirse que Tracy hubiera pasado a la historia como una figura relativamente oscura a no ser por la asociación de su nombre con el tema de la ideología.

De su obra y de las reacciones que suscitó parecen surgir no menos de cuatro significados diferentes del vocablo. Primeramente, el de una ciencia de las ideas; en segundo lugar la palabra quedó vinculada a una forma de liberalismo republicano y secular; en tercer término, tomó la connotación peyorativa que implicaba un radicalismo intelectualista y estéril en la práctica; y finalmente, adquirió el sentido de "doctrina política" en general. Estos cuatro diferentes sentidos, muchas veces solapados y superpuestos, se hicieron corrientes en materia política entre 1800 y 1830 e influyeron en los posteriores desarrollos teóricos en torno a aspectos imaginarios y discursivos de las relaciones sociales. Han tenido una considerable permanencia, ya que de una u otra manera subyacen a muchas de las actuales resignificaciones de la ideología. Al dar cuenta del contexto histórico en que se dio cada uno de estos significados y atendiendo a las actitudes políticas concretas de quienes los utilizaron se podrá advertir el modo en que se articulan con los puntos de vista sustantivos sobre la sociedad y, en especial, sobre los cambios sociales. Los examinaremos someramente en lo que sigue culminando con algunas reflexiones generales sobre la relación entre ideología y el cuerpo de ideas y creencias al cual la oponía el pensador francés: la religión.

a) Una ciencia de las ideas. Tracy, discurriendo en la corriente central del pensamiento ilustrado, creyó no solamente posible sino necesario fundar una ciencia empírica de las ideas, para cuya identificación se requería disponer de una denominación específica, una palabra nueva que designara a una ciencia también nueva. Acuñó un neologismo de raíz griega, ideología, "ciencia de ideas", que servía a estos fines mejor que otras palabras del lenguaje ordinario a las cuales hubiera podido recurrirse, ya que a esta nueva rama del conocimiento, a esta ciencia empírica de las ideas se aplicaban mal las designaciones de "metafísica" o "psicología"; la primera por desorientadora y desacreditada y la segunda porque su referencia a la psiquis, al alma, le daba un cierto tinte religioso. En lo que atañe a esto último debe recordarse que Tracy era profundamente anticlerical y materialista y que estuvo por ello involucrado en una áspera discusión con la Iglesia Católica, en la década de 1790 y primeros años del siglo XIX, particularmente en torno al tema del control de la educación. Por lo tanto, el vocablo destinado a identificar la disciplina que trataba de crear debía evitar cuidadosamente cualquier referencia religiosa.

Vale la pena hacer notar que la palabra "ideología", en esta acepción originaria, coincidía aproximadamente con el primer uso de la expresión "ciencia social", que aparecía en esos mismos tiempos. Ambas expresiones resumían el optimismo del iluminismo en establecer y controlar por la razón las leyes que gobiernan la vida social, no solamente con un propósito cognitivo sino con el fin de mejorar la felicidad y desarrollo de la vida humana.

Como muchos de los filósofos del iluminismo y de los pensadores del enciclopedismo, Destutt de Tracy creía que todas las áreas de la experiencia humana, muchas de las cuales eran tradicionalmente abordadas en términos teológicos, podían ser examinadas a la luz de la razón y que competía a los philosophes el esfuerzo de ponerlo en práctica. La ciencia de las ideas, en ese contexto, tendría por objeto investigar su origen natural. Proponía un conocimiento preciso del origen de las ideas, a partir de las sensaciones. Se rechazaba la posibilidad de ideas innatas, sobre las que había especulado la filosofía clásica y se les atribuía a todas -especialmente a partir del influyente pensamiento de Etienne de Condillac- la calidad de sensaciones modificadas.
Tracy describía entonces a la ideología como si fuese una rama especializada de la zoología, señalando que el intelecto humano tiene una base fisiológica. En la misma rigurosa línea de los fundadores de la ciencia moderna, especialmente Bacon y Newton, sugería la posibilidad de tratar a las ideas con el rigor propio de las ciencias empíricas. Estimaba especialmente a Newton en quien veía al más grande sistematizador teórico de la investigación empírica, al hombre que pudo demostrar que todos los hechos, actuales y futuros, se ajustan a los patrones especificados por unas pocas y simples leyes, cuyo alto grado de precisión está dado por la posibilidad de expresarlas en términos matemáticos.

El examen que se hace del proceso de generación de ideas y sus relaciones mutuas (en suma, la "ciencia de las ideas") podría ser descripto, desde una perspectiva actual, como una especie de psicología empírica. Por ello se ha señalado que esta concepción constituye un antecedente tanto del moderno abordaje metodológico de las ciencias humanas, sobre todo en las ciencias sociales cultivadas en los Estados Unidos en las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX, cuanto de las teorías genetistas actualmente en boga.
Esta nueva ciencia, por otra parte, ocupaba un lugar de privilegio en el elenco de las diversas ramas del saber, la ideología era la "teoría de las teorías". Era la reina de las ciencias, las procedía a todas, ya que su objeto son las ideas, las que, a su vez, constituyen el elemento operativo indispensable de las demás ciencias.

Pero Tracy y sus seguidores iban más lejos, no limitaban sus esfuerzos a una tarea animada de objetivos puramente cognitivos. Admiraban al filósofo y político inglés de principios del siglo XVII Francis Bacon, quien había proclamado que el destino de la ciencia era no solamente incrementar la sabiduría de los hombres sino también mejorar la vida humana en este mundo terrenal en el cual ella trascurre, con lo cual abría un espacio diferente y en cierta medida competidor del tradicionalmente ocupado en su totalidad por la religión(1) . En esa línea de pensamiento la "ciencia de las ideas" trasponía los límites de las ciencias descriptivas o explicativas, era una ciencia que tenía una misión: servir a los hombres liberando sus mentes del prejuicio y preparándolos para el advenimiento de la plena soberanía de la razón. No puede extrañar, en ese contexto, el interés que los ideólogos tenían en la educación y que hayan sostenido una dura lucha para sustraerla primeramente del monopolio y luego del influjo de la Iglesia.

Desde su nacimiento se confió en que esta ciencia de las ideas habría de tener un inmenso impacto en el diseño de una política fundada racionalmente. Tracy, que había estado encarcelado durante el Terror, estaba convencido de que Robespierre había traicionado los ideales ilustrados y que para evitar esas desviaciones era conveniente demostrar el fundamento científico de las ideas del liberalismo iluminista, de modo que futuros gobiernos, orientados racionalmente, estuviesen al abrigo de repetirlas. Uno de los campos principales para lograrlo era el terreno educativo y si se conseguía comprender el origen de las ideas ello podría ser usado con gran beneficio en la educación ilustrada y, por vía de consecuencia, en el ordenamiento de la sociedad. Se podrían investigar las raíces de la ignorancia humana, lo que era potencialmente el cimiento de una sociedad racional y progresista. Por esta razón abogaban vigorosamente por el uso social, político y educativo de la ideología. Tuvieron cierto éxito político, aunque efímero, ya que su punto de vista se convirtió, en tiempos del Directorio, en virtualmente una doctrina oficial de la Francia republicana. Hacia el final de este período, en 1799, Tracy fue designado en el Consejo de Instrucción Pública y desde allí expidió circulares a las escuelas enfatizando el papel de la "ideología" en la organización de los planes y métodos pedagógicos.

No hay que perder de vista que la idea prevaleciente, propia del pensamiento y las actitudes ilustrados, es que la ciencia puede -y debería- erigirse en fundamento de las decisiones políticas. Así como la ideología inspiraría una política educativa estrictamente racional, sería análogamente posible intentar, como en el contemporáneo pensamiento del pensador inglés Jeremy Bentham, el establecimiento de una "ciencia de la legislación", que sería la base para la producción de leyes que, en lugar de ser el producto contingente de la voluntad del legislador fuesen la expresión racional del mejor orden social posible, informado por saberes científicos.

Si bien el éxito político inmediato de Tracy y sus seguidores duró poco no puede decirse lo mismo de la repercusión de algunas de sus ideas centrales y, fundamentalmente, de algunos de los principios y actitudes de la Ilustración que las subyacen. Esas ideas, en cuanto asignan a un cuerpo de saberes científicos un papel principal en el diseño de las sociedades humanas, resurgirán años más tarde en el positivismo comteano. Aparecen allí unidas a una noción fuerte de progreso, investido de la calidad de protagonista central de la historia, como la posibilidad de desarrollar una ciencia de la sociedad apta para fundar un dominio racional de las relaciones sociales. Comte derivó ese positivismo hacia una nueva religión constituida sobre sus bases teóricas, con su correspondiente liturgia, sacerdocio, etc. El republicanismo laicista logró romper con ese aspecto religioso de la doctrina positivista, la que quedó instalada en el cientismo social que, como se verá, es el punto de apoyo del anti-ideologismo en el siglo XX. No deja de ser paradojal que entre el ataque al concepto de ideología llevado adelante en la segunda mitad de esa centuria y la concepción que había presidido su origen a fines del siglo XVIII exista un parentesco tan definido.

b) La ideología como la expresión sustantiva del liberalismo republicano y secular. Persiguiendo los objetivos que se propusieron especialmente en materia de política educativa, Tracy y sus seguidores, a los que comenzó a designarse como los "ideólogos" (idéologues), quedaron asociados a una tendencia de liberalismo secularista y republicano, insistiendo en la doctrina del gobierno representativo ejercido por una elite ilustrada. Los ideólogos, entonces, aparecen como aspirando a ejercer una función orientadora del liberalismo elitista, inaugurando una tendencia que habrá de tener importantes consecuencias durante los tiempos venideros: llamar en su auxilio a un corpus de ideas prestigiado por su coloración científica. Esa tendencia metonímica, consistente en expresar como verdades universales y necesarias las aspiraciones, intereses y puntos de vista de sectores, clases y otros protagonistas sociales particulares, habrá de constituir una constante de la retórica política y un modo de definir a la ideología en la historia ulterior del concepto.

En poco tiempo y a partir de la gestión cumplida en los tiempos del Directorio la ideología pasó a ser, en la percepción pública no tanto la formulación de una "ciencia empírica", caracterizada por la objetividad y neutralidad atribuidas al saber científico, sino más bien la específica doctrina política de un grupo de intelectuales liberales. De alguna manera este deslizamiento está anunciado desde el inicio en la obra de Tracy cuando conecta el impulso fundador de una ciencia de las ideas con los principios ilustrados que la desmesura jacobina y el gobierno del Terror habrían estado traicionando. En este punto puede observarse el embrión de discusiones que aún hoy se encuentran vigentes, en relación con las dictaduras y su conexión con la herencia ilustrada y con el modo de respuesta de los detentadores del poder político frente a las demandas populares.

El hecho de que esta ciencia de las ideas tuviera asignadas altas misiones para cumplir en el diseño de la sociedad pone de manifiesto que, pese a buscar las sólidas bases objetivas propias del estatuto científico haya estado sin embargo marcada desde el comienzo por una considerable impronta emocional. No sorprende, entonces, el rápido deslizamiento hacia un segundo sentido de la ideología, que se torna prevaleciente quedando asociado a la doctrina política, si bien a una muy específica pero que sin embargo se presentaba con pretensiones de universalidad. El deslizamiento semántico operado no puede extrañar a poco que se tenga en cuenta que el liberalismo antimonárquico y anticlerical reclamaba la dignidad científica para fundamentar sus puntos de vista sobre la organización institucional, política, económica, en pocas palabras, sobre el ordenamiento general de la sociedad. Y ello no solamente en relación con su época sino con una proyección ilimitada de futuro ya que las verdades de la ciencia, una vez descubiertas, tenían la vocación de permanencia alimentada por su valor de verdad y solamente sujeta a los perfeccionamientos unidos a la idea de progreso, por otra parte tan ligada, esta última, con la filosofía ilustrada.

c) La ideología como expresión del radicalismo intelectualizado. Hay otro perdurable sentido del término ideología que deriva de las asociaciones políticas de Tracy y sus compañeros y que se origina en la circunstancia de que uno de los primeros miembros del grupo de los idéologues fue Napoleón Bonaparte. Su relación con los idéologues, tormentosa tal vez por la poca empatía entre sus arrestos autoritarios y militares y el intelectualismo de los demás integrantes del grupo, culminó en una hostilidad profunda, cuando ya en el poder y persiguiendo sus ambiciones autocráticas los acusó de fomentar el malestar político. Bonaparte se refería a ellos como a individuos que deseaban reformar el mundo simplemente en sus cabezas, metafísicos de poltrona, con poca o ninguna perspicacia política. Los denunció ante el Consejo de Estado en febrero de 1801 como charlatanes pero con pretensiones de socavar la autoridad política. Tan pronto como Bonaparte hubo restablecido relaciones con la Iglesia Católica, mediante el Concordato de 1802, denunció a los idéologues calificándolos como un "Colegio de Ateos". Mme. Germaine de Staël, que estuvo vinculada con el grupo de los idéologues y fue una lúcida observadora de su tiempo, dio cuenta del grado de inquina que inspiró en esa época a Bonaparte señalando que parecía atacado de "ideofobia". Llegó tan lejos como para, en diciembre de 1812, atribuirles la responsabilidad por la derrota militar de las armas francesas.

Este uso peyorativo de la ideología, indicando esterilidad intelectual, ineptitud práctica y, más particularmente, sentimientos políticos peligrosamente subversivos, tendió a permanecer. Pese a su tonalidad un tanto contradictoria, ya que la falta de sentido práctico no parece casar muy bien con la peligrosidad subversiva que se les imputaba, adquirió una considerable difusión. Se la acogió especialmente en los círculos conservadores, legitimistas y monárquicos de Francia, los que no ahorraron críticas ni ásperos comentarios respecto de los idéologues. En tiempos de la restauración, al acentuarse la condena a la herencia iluminista, se la hizo extensiva a los idéologues y a su republicanismo laicista y se denunció una nueva edición de los Elementos... de Tracy, aparecida en 1829, como parte de una conspiración dirigida a socavar y destruir a la antigua y restaurada confraternidad entre el trono y el altar.

De manera que desde sus inicios en el vocabulario político la palabra ideología estuvo fuertemente cargada de contenidos emotivos. El propio Tracy, pese a haber teorizado a su respecto desde una perspectiva que aspiraba a un seco y frío tecnicismo científico, le asignaba propósitos morales, de reforma racional de la sociedad y un consiguiente carácter laudatorio, mientras que Napoleón la relacionó con los aspectos más detestables del pensamiento revolucionario, rodeándola de desaprobación y desconfianza. Esta duplicidad habrá de mantenerse y la palabra ideología habrá de ser utilizada en ambos sentidos, no solamente en francés sino en inglés, alemán, italiano, castellano, de modo de convertirse en una de las más ambiguas e inaprensibles del lenguaje político y de más difícil tratamiento por parte de los cientistas sociales.

d) La ideología en el sentido general de "doctrina política". En el contexto que se viene examinando comienza a perfilarse un nuevo significado. Si la ideología quedaba parcialmente divorciada de la "ciencia de ideas" que provenía de Condillac y la escuela sensualista y pasaba a asociarse con una doctrina política (inicialmente el republicanismo liberal, antirreligioso y secularista), había sólo un corto paso que llevaba identificar las críticas monarquistas como expresión de otra doctrina política enfrentada a aquella, que podría ser descripta igualmente como "ideología". De esta manera la ideología pasó, al menos en algunos círculos en Francia, a ser asociada con cualquier doctrina política, quedando los otros sentidos de la palabra coexistiendo con este último. Podía válidamente hablarse, entonces, de ideologías republicanas y monárquicas, liberales y restauradoras y, en su hora, de ideologías socialistas, revolucionarias o reformistas y tanto anarquismo como positivismo admiten, desde esta perspectiva, ser considerados también como ideologías. Esta acepción de la ideología como aludiendo a cualquier punto de vista doctrinario, cuerpo de ideas o proyecto político, relacionada aun sentido fuerte del quehacer político e independiente de los correspondientes contenidos materiales, sigue proyectando su influencia en tiempos actuales.

Desde esta perspectiva y considerando el tema en términos muy generales se considera, aún en la actualidad, que una ideología constituye una especie de corpus que incluye varios órdenes discursivos. En primer lugar, una teoría general de tipo explicativo sobre la sociedad y sobre la experiencia humana en general, lo que marca un residuo de la concepción de la ideología como ciencia aunque sesgada hacia una consideración como ciencia social empírica más que como estudio de las ideas en sí mismas. Incluye asimismo un programa general sobre cómo debería organizarse la sociedad, definiendo objetivos en el terreno de la organización política e institucional (donde se advierte la impronta de la noción general de "doctrina política"), objetivos que deben ser realizados a través de un proceso de carácter agonal, de una lucha por su logro, lo cual supone, en la mayor parte de los casos, desarrollos de tipo táctico y organizativo. Para estos fines se trata de persuadir y de reclutar adictos en términos de compromiso y lealtad para lo cual es menester dirigirse a un público amplio, generándose liderazgos en los que generalmente se reservan espacios privilegiados para los intelectuales, los "teóricos" políticos. De una u otra manera se pone en juego la noción de cambio social, aunque no siempre para auspiciarlo: en esta concepción se incluyen ideologías conservadoras cuyo tono general es adverso a los cambios importantes en la organización de la sociedad.

Esta concepción de la ideología conlleva la idea de su carácter fuerte, del hecho de integrarse con elementos fundamentales no negociables o, al menos, abiertos a la negociación solamente en aspectos tácticos u organizativos pero no en sus lineamientos básicos. Es ella la que alimenta la difundida idea de que los siglos XIX y XX fueron predominantemente "tiempos ideológicos" y es también la que somete a consideración la relación entre la ideología, considerada como un cuerpo general de doctrina, y la religión.

e) La ideología como movilización de creencias. Las relaciones entre la ideología como formación propiamente política y la religión están presididas por el hecho de haberse aquella originado precisamente como un cuestionamiento ilustrado al predominio religioso en la vida civil. Según este punto de vista la religión debería ser considerada como una superstición más; o en el caso más benévolo, como un cuerpo de doctrina orientado a la salvación del alma y que debe en consecuencia limitarse a la esfera de lo privado. La política en cambio es, por definición, de carácter público y su ámbito propio es el de la convivencia en este mundo, el gobierno de los hombres y el ordenamiento de sus actividades. Las diferencias, entonces, son claras y nítidas y se trata de sistemas de ideas ubicadas en posición difícilmente conciliable y hasta contradictoria.

La controversia política que supone el desarrollo de doctrinas ideológicas es consecuencia de la estructuración de un espacio público en el que ella es posible como productora de discursos dotados de autonomía, es decir, no dependientes de otra instancia discursiva, por ejemplo religiosa o jurídica. La política, como se la ha entendido en los últimos dos siglos (2), no es una actividad propia de tiempos de fuerte predominio de lo religioso dado que el monoteísmo excluye, precisamente, la posibilidad de alternativas frente a la dimensión totalizadora de su discurso. La Edad Media, por caso, se apoya unánimemente sobre el cimiento cristiano y, por esa razón, la disidencia, la disconformidad con el estado de cosas, carecen de un espacio en que puedan desarrollar su retórica y la búsqueda de consensos: el estatuto de la disidencia es de la herejía. Todos los debates tienen como referente a la religión, a la iglesia cristiana y a la tradición jurídica heredada de Roma, pasada también por el cedazo religioso. Las reflexiones sobre el orden mundano que aparecen en Dante (3) o en el tardo medioevo en Marsilio de Padua o en Nicolás de Cusa van abriendo muy trabajosamente el camino para que se vaya desarrollando el embrión de una actividad política autónoma en las ciudades italianas del humanismo renacentista: Maquiavelo era florentino y publicó El Príncipe en el año 1513. Pero el gran conflicto europeo hasta por lo menos la Paz de Westfalia (1648) fue el de las guerras de religión, en las que los intereses en pugna están sostenidos por retóricas religiosas sin que sea posible articular en ellas discursos a la vez fuertes y autónomos sobre el orden de la sociedad( 4) . En Francia, en particular, los negocios del poder se tramitaron hasta los prolegómenos de la Revolución en el ámbito cortesano y el pensamiento renovador fue el de los philosophes, no el de ningún sector que pueda ser definido como el de los políticos (5) . En el absolutismo no hay espacio público, no hay opinión pública, no hay política. No la había en el siglo XVIII francés; sí la había ya, por el contrario, en el siglo XVIII inglés, en el cual whigs y tories, Walpole y Bolingbroke, hicieron política, todo lo elitista que se quiera pero política al fin y al cabo, en un sentido análogo al actual. Respecto de otros protagonistas de estos complejos procesos y subrayando el anticipo de un siglo de Inglaterra respecto de Francia en la instalación de un espacio público transitado por el quehacer político puede mencionarse a dos grandes pensadores del siglo XVIII. Ambos escribieron sobre la sociedad humana y lucharon por sus respectivos puntos de vista, pero Voltaire fue un filósofo y, en cambio Edmund Burke un político (6).

El concepto de ideología, como lo hemos visto, emerge asociado a la política como actividad autónoma, es históricamente hijo de la Revolución, un producto cultural ilustrado, que lleva en su origen una dura repulsa al Antiguo Régimen, sus instituciones, su manera de tramitar los conflictos y su asociación con la Iglesia. Los contenidos de la ideología tienden entonces a ser laicos y secularistas. Sin embargo, su relación con las creencias religiosas e incluso la misma proyección de algunas doctrinas ideológicas a la categoría de sistemas dogmáticos que castigan la disidencia tan duramente como las religiones a la herejía siguen constituyendo un tema en la agenda teórica de las ciencias sociales contemporáneas.

No cabe duda que la política opera sobre creencias y que los discursos políticos interpelan a potenciales (y también a actuales) creyentes; pero no se deduce de ello que sea legítimo asimilar las ideologías a doctrinas religiosas, más específicamente a las grandes religiones históricas, si bien en varios casos aparecen zonas grises, discursos entremezclados y recursos apologéticos que guardan gran analogía. Para decirlo en otras palabras: ni la tentativa de Savonarola de llevar a la práctica en la Florencia de fines del siglo XV una utopía cristiana, que resultó por cierto efímera, o la de Calvino de hacer de Ginebra una ciudad-estado puritana implican considerar a sus respectivas visiones del cristianismo como ideologías en el sentido moderno de la palabra pese a la profunda influencia que esas visiones religiosas tuvieron en la organización de las relaciones de poder y de la vida cotidiana en estas experiencias. Tampoco los fundamentalismos religiosos actuales deberían llevar a confundir ideología y religión. Aunque dotadas de una influencia política tan importante como indudable, las religiones y en particular las religiones salvíficas (judaísmo, cristianismo e islamismo) se presentan a sí mismas introduciendo instancias de vida extramundana como su aspecto esencial, trascendiendo ampliamente los límites que se le han asignado a la o las ideologías, desde todas y cualquiera de sus interpretaciones.

Hay que reconocer, sin embargo, que las religiones han hecho amplios aportes a la estructuración de discursos ideológicos y a la refutación de otros. Para acreditar lo primero bastaría citar algunas encíclicas papales, recordar la presencia de partidos demócrata cristianos y, como caso fuerte de ideologización de doctrina religiosa recordar a la "teología de la liberación"; para advertir lo segundo rememorar la persistente prédica anticomunista de la Iglesia romana. Pero desarrollando su retórica y su acción práctica en medio del entramado de debates ideológicos básicamente seculares. Ni sus expresiones integristas, aunque incluyen proyectos de organización de la vida social y requerimientos de entrega absoluta, como los proyectos del catolicismo ultramontano que aspiran a una "nación cristiana" o los que pretenden teñir toda la vida comunitaria con la ley coránica, pueden ser reducidos sin más a formaciones puramente ideológicas. Lo mismo vale para la recíproca aún cuando ciertas ideologías, por su nivel de exigencia totalizadora, por la retórica de que se valen e incluso por el tipo de estructura organizativa intenten reemplazarlas. Todos estos comentarios, sin embargo, ponen de relieve las dificultades teóricas -pero con considerable repercusión práctica- que se suscitan en torno a este tema.

El filósofo francés Dominique Lecourt ha resumido bien la relación contemporánea entre la política y la religión, utilizando como eje la idea de progreso y sus formas históricas de impostación ideológica (evolución, liberación, desarrollo, modernización) poniendo de relieve el modo en que la pérdida de relevancia de la política está en relación directa con el florecimiento de los integrismos religiosos. Lo citaré con alguna extensión. "La política es un arte que opera sobre las creencias, para instituir las relaciones de poder entre los seres humanos... El progreso ha sido objeto de una creencia política; se hace referencia al mismo como a una garantía absoluta. El progreso así concebido suscita siempre una movilización de afectos, en un sentido u otro, ya sea amor u odio... El desarrollo, como antes la evolución, es una forma que ha tomado la noción de progreso. Esta última constituye el núcleo de una filosofía de la historia que inspira a las políticas modernas, pero que no debería calificarse como 'religión moderna'. La política, como acaba de decírselo, moviliza afectos, como lo hace la religión, pero no la reemplaza. No se justifica dar a entender que las religiones tradicionales se encuentran perimidas o que dejarán de existir; eso es pura ilusión positivista. Están muy presentes en las sociedades ultramodernas en las que vivimos. Mantienen con las creencias políticas una relación que no es simple antagonismo ni son su forma arcaica... La atención occidental, en la actualidad, se focaliza sobre el islamismo, pero de manera indudablemente excesiva, pasando por alto que los integrismos son también judaicos, hinduistas, protestantes, carismáticos. De todos esos movimientos puede decirse que son teológico-políticos. La política, negada, se toma venganza de esa negación, resurgiendo violentamente bajo vestiduras teológicas. Y esos movimientos no son, como lo piensan nuestros altos administradores, reducibles a bocanadas de irracionalismo. Son su razón de ser (7).
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Notas:

(1) Bacon había definido en su obra Novum Organum como idola a los obstáculos que se oponían al desarrollo de la ciencia y de la racionalidad, obstáculos que debían ser removidos. Observó claramente la relación entre la adquisición de la verdad y las circunstancias del poder, tema al cual no era ajena su propia experiencia puesto que desarrolló también una destacada actividad política y ocupó importantes cargos públicos.
(2) Hay un cierto grado de acuerdo en que la ideología es una forma relativamente nueva de pensamiento, originada en el siglo XIX, efecto directo de los procesos de secularización y de las grandes revoluciones burguesas. (3) Hay que recordar que Dante no es solamente el inmortal poeta de la Divina Comedia sino también el autor de un verdadero tratado protopolítico, De Monarchia.
(4) Estos discursos sobre la sociedad independizados de la religión se van abriendo camino muy lentamente. Entre sus grandes exponentes se puede citar la obra de Jean Bodin en Francia y, más que cualquier otro, la de Thomas Hobbes y su Leviathan. Pero ambos las escriben en el contexto de luchas impregnadas de controversia religiosa; el primero de ellos en las disputas protagonizadas entre católicos y hugonotes que tuvieron su culminación en la matanza de la Noche de San Bartolomé y Hobbes en el contexto de la guerra civil inglesa..
(5) Aunque había quienes se denominaban "políticos" en la reflexión sobre la cosa pública en tiempos de Bodin. El pensamiento fuerte sobre temas que incluyen las cuestiones cruciales de la vida pública se inscriben en el siglo XVIII en la pléyade de los filósofos y la política práctica en los aledaños del poder monárquico aparece tardíamente, cuando esa monarquía, ya en peligro mortal recurre a ministros como Turgot.
(6) Sobre la generación del espacio y de la opinión públicos v. Keith Michael Baker, Politique et opinion publique sous l'Ancien Régime, en Annales, año 42 nº 1, París, 1987. 41 y s.s.
(7) Dominique Lecourt, L´Avenir du Progrès, Paris, 1997.

El cuestionamiento del valor teórico de la noción de Ideología

Hay que señalar, como observación de carácter general, que el cuestionamiento del valor teórico del concepto de ideología y de su utilidad como herramienta conceptual para los estudios sociales se ha dado siempre en coincidencia con momentos de retroceso de las posturas políticas sustantivas orientadas a cambios radicales en la organización social


El eclipse del valor teórico del concepto operativo de ideología acompaña desde la teoría social al descenso de la potencia interpeladora de las ideologías sustantivas ya que esa noción teórica se relaciona con la existencia de cuerpos de doctrina política de alcance general, como lo fueron el liberalismo o el socialismo en sus respectivos momentos de crecimiento y desarrollo. Se trata de un reflejo de algunas de las connotaciones peyorativas del concepto de ideología explicadas más arriba.

Tanto el concepto teórico de ideología cuando las doctrinas políticas que implican una visión global de l a sociedad reconocen una filiación en el monismo ilustrado, de modo que las épocas de su retroceso arrastran con facilidad a la valoración de uno de sus principales instrumentos teóricos, la ideología. En concreto, fue una época de retroceso del racionalismo universalista y racionalista la presidida por el romanticismo, especialmente cuando se fue diluyendo su originario impulso emancipatorio. Puede decirse que aquello que la teoría de la ideología es a la Ilustración y a su descendencia marxista, es el mito al tardo romanticismo. "En una sociedad en la que la 'razón' tiene más que ver con el cálculo del interés egoísta que con cualquier noble sueño de emancipación, explica el profesor inglés Terry Eagleton (1), el escepticismo sobre sus poderes reúne adeptos sin esfuerzo. La dura realidad de este nuevo orden social no convoca a la razón sino al apetito y al interés y si le queda a la razón algún papel que desempeñar es el muy secundario de apreciar de qué manera pueden esos apetitos e intereses ser mejor atendidos. El sentimiento que prevalece es que la razón puede contribuir a promover nuestros intereses pero es impotente para fundar juicios críticos sobre ellos".

Se abre entonces un camino en el cual se sobrevalora lo estético que conduce por una parte a exaltar al mito, relacionado con lugares, tiempos y orígenes sacros, en desmedro de la ideología, que se percibe como asociada a cuestiones más pragmáticas y más inmediatamente referidas al ejercicio del poder; y por la otra permitiendo que el aura mítica se torne directamente política articulándose en un corpus de sentimiento y apelaciones pasionales. Todo ello en una organización social en la cual la falsa conciencia es percibida como el estado normal, ordinario y corriente de la sociedad y de los protagonistas de sus procesos. Es posible, por lo demás, que los mitos no legitimen al poder tan directamente como las ideologías pero pueden ser vistos como naturalizando y universalizando una estructura social determinada, tornando impensable la disidencia, eliminando el debate y limitando radicalmente las posibilidades de discursos complejos y racionalmente fundamentados. Más tarde se podrá apreciar de qué manera un mito puede también incorporarse a una constelación ideológica aportándole una especial fuerza, como el mito racial de la ideología nacionalsocialista (2).

Así las cosas el cuestionamiento de la ideología, atado de la herencia ilustrada, asume características fuertes en los años crepusculares del siglo XIX, cuando la intelectualidad europea transitaba por el retroceso de la experiencia liberal y por las luchas de las que el affaire Dreyfus fue el síntoma en Francia y la crisis finisecular lo fue en la Viena imperial. Como veremos más adelante hubo más tarde otros momentos de rechazo de la ideología, en contextos políticos muy diferentes: en tiempos de la segunda posguerra y de la guerra fría y luego, con la llamada revolución conservadora que acompañó a los éxitos políticos de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher, el hundimiento del poder soviético y el auge del neoliberalismo (3) conservador con el cual se cierra el siglo XX y sus reflejos intelectuales, un tanto espasmódicos, en el llamado postmodernismo. Veamos primeramente la crisis de las postrimerías del siglo XIX.


El elitismo sociológico y la valorización del mito.

El tema de la ideología sufrió una depreciación en la agenda de los estudios sociales durante el auge del llamado elitismo sociológico de fines del siglo XIX y primeros años del XX, del cual fueron expositores principales Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Mitchell (4). Los elitistas sociológicos, pese a las importantes diferencias existentes entre ellos, coincidían en partir del reconocimiento del fenómeno de "irrupción de las masas" (5) en el cual se creía encontrar el fundamento de un modelo adecuado para hacer frente tanto a la tradición liberal cuanto a los desarrollos del socialismo marxista. La presencia de las masas y el papel que se atribuía a las elites eran el punto de partida de construcciones consideradas como la consecuencia de un examen realista de las circunstancias sociales de la época y que resultaban incompatibles, por una parte, con la perspectiva del juridismo institucional y de las ideas centrales del liberalismo igualitarista y por la otra con la lucha de clases tal como había sido teorizada por el marxismo. Se sostenía, digamos que no sin algunas buenas argumentaciones, que ni el liberalismo expresado en la economía política clásica, en el constitucionalismo político y en filósofos como John Stuart Mill ni el marxismo que pretendía fundar al socialismo en un estudio profundo y objetivo de la realidad económica y social del capitalismo habían tenido éxito en cimentar sus objetivos en las conclusiones universales y transhistóricas de la ciencia, objetivo respecto del cual tenía un sentido especial la noción de ideología. A lo cual se agregaba una crisis del apego a la noción ilustrada de progreso: primeramente cuando el positivismo comteano lo leyó como el despliegue del principio de orden, luego cuando se tornó evolucionismo conservador con Herbert Spencer y, finalmente, cuando se diluyó en el eterno retorno nietzscheano.

El papel central fue asignado al "mito", con lo cual los cientistas sociales se apropiaban de elementos caros al romanticismo tardío, especialmente alemán y más particularmente a la estética wagneriana (6). Se propuso entonces un modelo en el cual las elites aparecían proponiendo mitos a las masas que ellas o bien seguían obedientemente o bien motivaban su rebeldía, a impulsos se instauraciones míticas de signo diferente. La izquierda y la derecha de esos años, huyendo de los modelos basados en la lucha de clases tanto como de los fundados en las posibilidades de desarrollo social en el marco de las instituciones liberales, concibieron la polarización de la vida política en términos de masas y elites, en un esquema en el cual éstas proponen mitos convocantes fundamentalmente dirigidos a la manipulación de aquéllas. Se trataba de poner los objetivos políticos al margen de los modelos que habían prevalecido en la mayor parte del siglo XIX o, al menos, desde el agotamiento de la restauración, forzada a renovarse tras los acontecimientos de 1848. La derecha europea heredera de Metternich y de Pío IX confluyó ominosamente con los aportes de una ciencia biológica ad-hoc para promover al racismo antisemita al lugar central de los enfrentamientos políticos. Queda constituido, sobre bases renovadas, el mito de la raza (7).

Se dio a partir de 1890 una por momentos sorprendente perspectiva de coincidencia del apetito revolucionario con el reflujo reaccionario, de la cual es fiel reflejo el pensamiento de Georges Sorel (8), el teórico del mito de la huelga general, un sindicalismo revolucionario partidario de la revolución absoluto del movimiento obrero contra la política de partidos y contra la propiedad privada y favorable a la destrucción del Estado por la acción revolucionaria de las masas. Achacó a los partidos socialistas intoxicar ideológicamente a las masas, contribuyendo de esa manera a la legitimación del orden burgués. En ese marco se sostenía que las masas no hacían más que idiotizarse depositando sus esperanzas en la acción reformista del Estado.

Este estado de cosas en la teoría se corresponde con un sentimiento bastante generalizado de decepción, aunque por diferentes motivos según los sectores sociales. Consecuencia, por ejemplo, del fracaso de las políticas radicales que habían sido derrotadas en las barricadas, de la tibieza reformista de los medios parlamentarios, del rechazo al liberalismo deliberativo y a la política parlamentaria basada en los partidos políticos, de la desilusión frente a una socialdemocracia cuyo reformismo se ahogaba en la burocratización y cuyas consignas habían sido expropiadas por el realismo político de estilo bismarckiano.

El sociólogo norteamericano Marshall Berman definió el tipo de relación existente entre elite y masa y el modo en que se encabalgó sobre esa relación el modelo político puesto en circulación sobre el filo del cambio de siglo: "Las elites de vanguardia crean mitos que las masas o bien rechazan o bien adoptan. Si las masas están satisfechas con los mitos de la derecha, caerán de rodillas; si, en cambio, prefieren los mitos de la izquierda, saldrán a la calle para luchar en defensa de su derecho de caer de rodillas". Síntesis, esta última, que prolongará su historia a lo largo del siglo siguiente impregnando a la demagogia populista y a las diversas variantes de fascismo.

Es esta la época de la "psicología de las multitudes", como la viera en su momento Gustave Le Bon, cuyos puntos de vista dieron lugar a la conocida réplica de Freud en su Psicología de las masas y análisis del Yo. Es también la de los desarrollos de la teoría de la circulación de las elites de Vilfredo Pareto y de la "clase política" de Gaetano Mosca, de alguna manera el tiempo fundacional de lo que hoy llamamos politología, nacida más a la sombra del pensamiento reaccionario y de la desilusión por los retrocesos liberales y socialistas que al calor de los impulsos renovadores.

Esta irrupción de las masas en el escenario político, ya no solamente como protagonistas de la barricada o como proveedoras de clientela electoral -sobre todo en la medida de la progresiva universalización del sufragio, al menos masculino- sino como destinataria de las construcciones míticas de las elites, de las diversas elites, como coro de las nuevas demagogias, como víctima y también agente de la violencia, llevó a Hannah Arendt a proponer una nueva genealogía de los totalitarismos del siglo XX (9). Desarrolla entonces la idea de que esos regímenes no descienden del absolutismo del Ancien Règime sino de Napoleón, de la época de la revolución permanente, de los tiempos en que laas masas comienzan a participar activamente de la vida política. Según esta tesis la participación de las masas estaría lejos de constituir una contribución a los procesos democráticos. Por el contrario, el aporte históricamente más significativo de esa participación radicaría en la constitución de los autoritarismos caudillistas, fenómeno que arranca con el bonapartismo y que habría de erigirse en la estructura básica, populista, de los grandes totalitarismos. Esta tesis, aunque atrayente para definir el marco de las dictaduras populistas, ilustra, en el marco de este trabajo y probablemente más allá de los objetivos de su expositora, la presencia de un nuevo mito: la "masa". La masa, desconectada de los agentes y protagonismos sociales, se convierte en una categoría conceptual autoexplicativa, minimiza la influencia de los contenidos de las ideologías sustantivas y destruye la posibilidad de desarrollos teóricos en torno a deseos e intereses implicados en la noción de ideología como visión deformada de la realidad social.

De todos modos, como lo hemos visto al examinar algunos desarrollos teóricos de la noción de ideología durante la primera mitad del siglo XX, continuó ella ocupando un lugar destacado en la preocupación de los teóricos sociales y en la interpretación del modo de articularse los mitos. En efecto, el caso del nazismo pone claramente de relieve como un mito fundante esencial, el de la raza, puede y debe ser leído en clave ideológica.


Las tesis del fin de la ideología.

El rechazo del concepto de ideología por parte de los cientistas sociales, ya sea por considerárselo inadecuado como herramienta conceptual, ya sea por asociárselo a ciertos estilos de pensamiento que eran objeto de su repudio, reapareció con intensidad en la segunda posguerra y, tras un momentáneo eclipse, nuevamente en la década de 1980, en coincidencia con los triunfos políticos del neoliberismo conservador, arreciando al producirse el colapso del comunismo en Europa Oriental. Se trata de las tendencias que suelen designarse como del fin o de la muerte de la ideología. Se relacionan con un gradual diluirse de la política ideológica activa en el ámbito de la aséptica disciplina académica de la sociología, que importó la pérdida del aspecto emotivo y concreto del debate ideológico y la desvalorización de las utopías como proyectos de acción dirigidos al futuro con pretensiones de alto grado de generalidad. Mientras la política ideológica es absorbida por un halado academicismo la política práctica se reduce a técnicas de policy making y el conjunto languidece en el más pálido conformismo.

En esta situación la reflexión sobre la vida política pasa a formar parte del material de una ciencia social cerradamente razonada, conducida por expertos intelectuales, que se consideran habilitados para opinar ventajosamente sobre las políticas públicas desde una perspectiva cientificista, despojada de emotividad. Es una actitud indiferente a reclamos provenientes de sectores populares a los que solamente toma en consideración para desarrollar las técnicas adecuadas para metabolizarlos. Por un lado, la política parece asociarse con gran intensidad a expresiones mediáticas más o menos desligadas de exigencias de veracidad y a complejas técnicas de relaciones públicas y asesoramientos de imagen; los políticos profesionales cada vez dependen más de consultores, encuestadores y maquilladores (de imagen y también de ideas). Por otra parte, la política, como articuladora de demandas, parece dominada por criterios básicamente técnicos y con respecto a los cuales, como es natural, el debate queda circunscripto subjetivamente a los expertos y objetivamente a aspectos particularizados de los procesos de toma de decisiones.

a) La crisis de la ideología en tiempos de posguerra y de guerra fría. Una mejor comprensión del alcance de la irrupción de esta línea de pensamiento requiere algunos comentarios sobre las relaciones entre la teoría política y la concepción epistemológica ubicada en la herencia de la tradición positivista, tomando como referencia el estado del tema a partir de la década de 1950.

Los filósofos, bajo el influjo de esa actitud positivista, se alejan de los temas éticos, políticos e históricos, ya que para esas tendencias no hay otra filosofía que aquélla que reflexiona sobre la ciencia, contemplada a su vez desde la óptica de la física (10). Los teóricos políticos, por su parte, comenzaron a dedicar sus más intensos esfuerzos a fundar uan ciencia empírica de la política, de base conductista -es la época de la llamada revolución behaviorista- y utilizando luego modelos sistémicos derivados del campo de la cibernética (11). Se trataba, en otras palabras, de estructurar una ciencia oscial a imagen y semejanza de las ciencias "duras", tratando de precisar su objeto, establecer sus fundamentos y ajustar sus métodos de modo de aplicarles las bien probadas y exitosas pautas que imperaban en el ámbito de las ciencias naturales.

Esta orientación, aunque no sin vínculos con ciertos desarrollos del pensamiento europeo, apareció primero en el ambiente del establishment de la ciencia social americana dominada por la sociología funcionalista de Talcott Parsons. Hay que tener en cuenta que ello acontece en tiempos de la guerra fría y consiguiente oposición entre el "mundo libre" y el régimen comunista. La influencia del neopositivismo operó en el ambiente enrarecido por las persecuciones lanzadas por el anticomunismo de la época macartista, en el que la prudencia sugería no embarcarse en debates sobre las cuestiones más radicales de la vida social. Era epistemológica, política y personalmente menos riesgoso sostener que la teoría política clásica, la que ponía en tela de juicio a las estructuras sociales existentes y a al que se identificaba con la ideología, estaba muerta y concentrar el esfuerzo en el análisis conceptual aséptico y en la lógica, tanto en el ambiente de las ciencias sociales empíricas cuanto en el de la filosofía (12).

Se comprende que en se contexto se haya postulado, para el desarrollo de la ciencia social, la exigencia de un rigor libre de valoraciones y efectuar verificaciones o falsaciones empíricas no contaminadas por apelaciones emocionales de política ideológica e incluso de teoría política normativa, privilegiando los estudios comparatistas y cuantificativos (13). Un neopositivismo, en suma, separando rígidamente los hechos de las valoraciones que acechan en lo ideológico y en lo normativo.

El ímpetu inicial de las principales corrientes americanas sobre el "fin de la ideología" derivaba de cuatro circunstancias principales. En primer lugar, había una clara creencia, en la década de 1950, en una generación que había vivido entre las de 1930 y 1940 -con sus guerras, pogroms, gulags, procesos show, stalinismo, matonismo fascista, nazismo, campos de concentración y "solución final" - que la política ideológica conducía al fanatismo y a una concepción antidialógica de la política. Se tenía por cierto que la política "ideologizada" estaba en la raíz de gran parte del dolor masivo, miseria generalizada y guerra exterminadora de mediados de siglo (14).

En segundo lugar se sostenía que, a pesar del hecho de que las ideologías puedan cumplir una función en el desarrollo de sociedades inmaduras, no la cumplían en las sociedades democráticas industrializadas, en las que desempeñaban un papel decorativo, ya eue en estas últimas había consenso sobre los objetivos fundamentales. La mayoría de los partidos políticos, en estas sociedades, había alcanzado, en la economía de estructura mixta del bienestar, la mayor parte de sus objetivos de política reformista. La izquierda aceptaba los peligros del excesivo poder estatal y la derecha aceptaba la necesidad del Estado de bienestar y los derechos de los trabajadores. El consenso y la convergencia de los objetivos políticos podían observarse en muchos de los países industrializados. En el marco del modelo de acumulación fordista y del Estado de bienestar keynesiano los valores básicos atinentes a la convivencia ya habían quedado acordados y se compartía la ilusión de que se orden si no era para siempre lo era al menos por un tiempo mayor al de los intereses generacionales. Lo que el politólogo americano Seymour Martin Lipset había denominado la "revolución social democrática del Oeste" había triunfado y ese triunfo no dejaba espacio para el despliegue de ideologías o utopías susceptibles de orientar acción política alguna. En consecuencia, se sostenía, lo político debía quedar limitado a cuestiones periféricas referentes a ajustes pragmáticos y a la liquidación de conflictos de intereses sobre temas que no comprometían aspectos esenciales. Las discusiones políticas, entonces, versarían sobre temas relativos al producto bruto, precios, impuestos o créditos públicos. Incluso llegó a sostenerse que la asignación presupuestaria de recursos públicos se había convertido en el tema central del diseño y ejecución de las políticas públicas. Todas esas cuestiones eran ventajosamente abordables por los desideologizados técnicos en policy making especializados en cada uno de sus aspectos particulares. Todo lo demás era mero gesto y apariencia; la lucha democrática habría de continuar, pero como debates protagonizados fundamentalmente por técnicos, sin manifestaciones multitudinarias, sin arengas de balcón y sin banderas partidarias. En dos palabras, sin ideologías.

En tercer lugar, jugaba en favor de la eliminación de lo ideológico el hecho de vivirse un período de gran crecimiento económico, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, así como una gran recuperación en Europa occidental, particularmente en Alemania, estado de cosas que se mantuvo hasta la crisis petrolera de los primeros años de la década de 1970.

Se produjo una elevación en el nivel de vida en amplios sectores de la población y cada vez más ciudadanos pudieron participar de una economía opulenta. Las diferencias sociales y económicas dejaron de ser vistas como tan importantes y se percibía una declinación de la relevancia de las clases sociales en las decisiones de voto, de manera que el comportamiento electoral estaba cada vez menos condicionado por la situación económica o social del votante. La combinación entre prosperidad económica y crecimiento del Estado de bienestar reducía las diferencias sociales y económicas y, en consecuencia, bajaba el perfil de las diferencias políticas y parecía justificar que pudiera sostenerse el fin de las ideologías.

En cuarto lugar, ese clima intelectual coincidía con un momento muy alto de la sociología americana y se vio favorecido porque, en los hechos, los Estados Unidos estaban ofreciendo al mundo una perspectiva de libertad, juntamente con las posibilidades de un alto grado de desarrollo tecnológico conjugado con un sólido bienestar económico, todo ello con la apariencia de perspectivas de progreso material indefinido. Parecía desarrollarse, en una dimensión moderna, el programa de la Ilustración: sustituir las ideologías -que se asimilaban ahora a supersticiones, tal como los philosophes habían visto en su hora a la religión- por una auténtica, sólida y seria "ciencia de la sociedad", firmemente apoyada en una situación económica y social ampliamente auspiciosa.

Es en ese contexto que se desarrolló la teoría del "fin de la ideología". La política pasa a ser pensada como algo diferente de lo ideológico. La ideología denotaría una mentalidad totalitaria, que impediría toda discusión política fuera de su propio contexto. De tal manera, la ideología sería incompatible con una sociedad pluralista, libre, tolerante y racional, que es aquella en la cual tiene lugar el fenómeno político. Escritores tan diversos como Karl Popper, Raymond Aron y Hannah Arendt, de diferentes maneras, hablan de una "ideología totalizadora" y de sociedades cerradas (fascismo y comunismo) como antítesis de las sociedades abiertas, tolerantes, en las que cobra sentido el quehacer político. Casi paradójicamente este último aparece, en ese contexto, circunscripto a la solución de cuestiones de orden técnico y a los ajustes pragmáticos aún necesarios en sociedades en las que ya se habían aventado las disputas cargadas de contenido emocional y los grandes proyectos de reforma social. La ideología, en esta lectura, se convierte en una perspectiva intolerante, no libre y limitada, en comparación con las formas no ideológicas, abiertas y tolerantes de la política; y aparece contrapuesta como la ciencia a la cual tanto Edwared Shils (15) desde la teoría política cuando Karl Popper desde la perspectiva epistemológica considerarán ajena a cualquier forma de cultura ideológica y regida por una racionalidad rigurosamente objetiva.

El eminente epistemólogo Karl Popper, en particular, se constituyó en uno de los más consecuentes impugnadores de la ideología. Dedicó intensos esfuerzos para descalificar al marxismo (y al psicoanálisis) considerándolos carentes de base científica, a partir de su concepción de la ciencia como sistema de aserciones susceptibles de ser falsadas. Para una concepción que hacía de la ciencia la piedra angular de la racionalidad la crítica tendía, en definitiva, a negar toda base racional, tanto al marxismo como al psicoanálisis. De sus libros La sociedad abierta y sus enemigos y Miserias del historicismo se desprende una concepción adversa a los determinismos históricos y contraria también a toda pretensión de ingeniería social holista. La política, en tanto actividad destinada a operar sobre la sociedad en el sentido del cambio y de la organización, no puede ser entendida más que como ingeniería social fragmentaria. Desde una defensa de la libertad vinculada a un ideario claramente conservador, Popper impugna lo ideológico -en lo que ve una insustentable tentativa de formular ingenierías sociales globales- por liberticida e irracional. Las sociedades abiertas no dejan espacio para el pensamiento ideológico, que es el de sus enemigos. Hay que decir que las citadas obras de este importante filósofo figuran entre las obras más influyentes sobre la teoría política de la época.

Esta escuela adquirió especial relieve, en gran medida como consecuencia de las teorías de Daniel Bell que, al contrario de Popper, tienen un carácter marcadamente historicista. Esas teorías anunciaban el advenimiento de una sociedad postindustrial centrada en la información producto natural e inevitable de una evolución de la estructura social relacionada con el aumento de la producción, a su vez motorizado por el constante y permanente desarrollo tecnológico. Esta teleología histórica, este determinismo tecnocientífico aparece conjugado con la liquidación de toda reflexión sobre la ideología, a la cual se presenta o bien como el falso instrumento de los totalitarismos que se oponen al progreso o como un conjunto de creencias supersticiosas que una renovada ciencia social no puede sino eliminar.

Entre los críticos de la ideología que, sin embargo, rescatan la vertiente filosófica recusando la chatura de los excesos empiristas de los cientistas sociales merecen citarse los trabajos del influyente teórico conservador Michael Oakeshott quien, en libros como Rationalism in Politics, establecía una distinción entre las instancias tradicionalista e ideológica en la política. El punto básico era que la ideología representaba una simplificación, una abstracción, lo que Oakeshott llamaba un "compendio abreviado" de la realidad social. Según este modo de ver las cosas los ideólogos seleccionan y, en consecuencia, distorsionan a una realidad mucho más compleja. De modo que el único abordaje serio sobre los temas sociales debe necesariamente ser no ideológico pero filosófico y más académico. Los desarrollos teóricos de Oakeshott y sus estudios sobre la racionalidad en política que han sido considerados como expresión de las formas liberales del pensamiento conservador aparecen, con matices, en la obra de numerosos escritores más recientes, de la década de 1980.

La época del triunfo del neoliberalismo conservador.

Los acontecimientos que arrancan en París en mayo de 1968 pusieron de manifiesto las tensiones que el "círculo virtuoso" del modo de acumulación fordista y de la política keynesiana estaban enmascarando y la consiguiente sobrevivencia de controversias profundas en torno a las circunstancias de la sociedad de la época. Ponen de relieve, además, la insuficiencia del cientismo dominante especialmente en los medios angloamericanos, incapaz de hacerse cargo de la problemática que fuera más allá de los acotados temas de políticas públicas y de empirismo sociológico. Se desarrollan entonces concepciones teóricas que, a diferencia del conformismo de la ciencia social de la época, constituyen poderosas críticas, como las de Herbert Marcuse y Michel Foucault (17). Si bien no hicieron de la ideología un tema central, y pese a las profundas diferencias entre ellas, tuvieron en común el impulso crítico, la renovación metodológica y el radical rechazo del estilo de los cientistas políticos y sociales de la orientación del "fin de la ideología".

En un terreno diferente y coloreado por matices diversos pero siempre apartados del radicalismo teórico y político de Marcuse o de Foucault, el retroceso de ese cientismo fue favorecido por el resurgimiento de los estudios de filosofía política, de la cual son hitos importantes los trabajos de la antes citada Hannah Arendt, de Isaiah Berlin, de Jürgen Habermas y de John Rawls, entre otros. Arendt publica La condición humana, entre otros trabajos, reflexionando filosóficamente sobre la política, vertiente del quehacer humano que trata no solamente de rescatar sino de ubicar entre las más ricas y creativas, asociada a la idea de libertad. Más relevante aún es el caso de Isaiah Berlin, quien publicó en 1961 el ensayo ¿Existe aún la teoría política?, que formaba parte de una empresa intelectual cuyos lineamientos se anticipaban en trabajos publicados en la década de 1950 (18). A esos trabajos, que navegan contra la corriente del positivismo entonces dominante, hay que verlos como integrando algo así como avanzadas de un camino cuyos hitos posteriores más o menos próximos fueron Conocimiento e interés, publicado por Jürgen Habermas en 1968 y especialmente la Teoría de la justicia de John Rawls (1971) que tuvo una enorme resonancia, dentro y más allá del mundo anglosajón, contribuyendo a restaurar el interés por el enfoque filosófico sistemático de la problemática social. Si bien ninguno de ellos se orienta al rescate de la noción de ideología, tienen un rasgo en común que hace necesario mencionarlos en el presente contexto: recusan al neopositivismo, rescatan la reflexión filosófica sobre el acontecer político y ponen en entredicho la concepción estrecha y empobrecida de la política que caracterizaba a los trabajos de los cientistas sociales de la época.

Pero los éxitos políticos de Thatcher y Reagan impulsaron un refortalecimiento de las teorías poco inclinadas a aceptar a la ideología como concepto útil. A todas las causas por las cuales se le negaba esa calidad hay que añadir que el neoconservadurismo exaltó el principio de efficiency como pauta orientadora exclusiva y excluyente, extendida del mundo de los negocios al espacio político. Esta concepción cientificista no era nueva, había sido puesta en circulación en el cuerpo de la teoría sobre la organización cientifica del trabajo, de los procesos productivos y de la gestión de los negocios que nace con la obra de Frederick Taylor, todavía en los años finales del siglo XIX. Sus principios y métodos, fundados en la autoridad de mediciones y comprobaciones científicas, desempeñaron un papel central en la organización industrial del capitalismo avanzado y fueron adoptados también para el servicio del sistema económico y social más inspirado en la planificación y en la gestión pública que haya existido: el comunismo soviético (19). En efecto; no es ocioso recordar que los principios del taylorismo y, luego, los del fayolismo, fueron introducidos en la unión Soviética por el propio Lenin, donde se convirtieron, con algunas adaptaciones, en doctrina oficial bajo la denominación de "stajanovismo". Los defensores de estos principios eficientistas que constituyen la inspiración de todos los sistemas modernos de organización gestionaria y administrativa, no solamente no necesitan de la ideología como instrumento conceptual sino que deben rechazarla en cuanto la misma expresa vocaciones de cambio y puede colocar al objetivo de eficiencia sistémica en competencia con otros, como justicia social, respeto por la diferencia o por el medio ambiente. LA eficiencia, en este abordaje, coloniza al espacio público político con la lógica de los negocios, del interés privado y de sus expresiones mediáticas y moldea en ella a toda la cultura. (20)

Esta época de exaltación neoliberal rechazó a la ideología incluso desde una perspectiva más filosófica. Un ejemplo destacado es el libro de Ken Minogue Alien Powers: The Pure Theory of Ideologý (1986) que, como lo comenta Vincent, todavía lucha contra los totalitarios dragones ideológicos de la guerra fría, en el nombre de una sociedad más abierta pero también, hasta cierto punto, en el nombre de la sutileza filosófica y académica, sosteniendo que el ideólogo abrevia y constriñe las complejidades del intrincado mundo social en una camisa de fuerza, el lecho de Procusto ideológico. Su argumento básico es que la ideología es una forma relativamente nueva de pensamiento, originada en el siglo XIX. Las ideologías (expresión con la que este autor parece designar todo lo que no sea liberalismo, conservatismo y socialdemocracia) existen en mundos cerrados y operan identificando al mal como algo diferente de la naturaleza humana, como deshumanizado y deshumanizador. Cada ideología tiene su demonio externo, llámese capitalismo, totalitarismo o patriarcalismo, que son los alien powers, que deben ser combatidos por el ideologista, quien trata de demostrar que la liberación y la perfección serán una consecuencia de la revolución triunfante dirigida contra el alien power. Siempre según este criterio, los ideologistas son intrínsecamente adversos al individualismo, al pluralismo y a la sociedad liberal; en suma, no gustan de la modernidad. Son parte de una peculiar actitud existente en la sociedad occidental, característica de ciertos intelectuales. No sorprende que su argumento se oriente a la suposición, solo ligeramente diversa de la de Oakeshott, de que la instancia no ideológica debe coincidir con una forma modernizada del liberalismo clásico. Es oportuno agregar que el derrotero de esta línea intelectual, pese a su vertiente apologética, presenta un no despreciable interés permitiendo, por ejemplo, una interesante lectura de acontecimientos bien actuales. En los primeros años del siglo XXI podría verse en las posiciones asumidas por el gobierno de la ultraderecha norteamericana una buena ilustración de un ideologismo que justifica el uso discrecional del poder militar en escala planetaria sobre la base de afirmar que la perfección democrática depende del aplastamiento de un poderoso alien power terrorista, el "eje del mal" enfrentado al destino manifiesto que se expresa ahora en la sentencia "lo que es bueno para el pueblo norteamericano es bueno para el mundo". Aunque pueda parecer un sarcasmo George W. Bush, según esta manera de ver las cosas, es un auténtico ideologísta y no falta razón a Minogue: lo que él expresa es adverso al pluralismo y a la sociedad liberal y de la modernidad sólo rescata sus logros tecnológicos poniendo entre paréntesis a temas que le eran caros, como el de las libertades públicas.

En lo que atañe a la reflexión sobre los grandes temas filosóficos y sociales hay que señalar la emergencia del llamado postmodernismo que, al negar fundamentos a los que denominó "grandes relatos", concepciones holistas sobre la sociedad, sus problemas y el modo de afrontarlos, rechazó la posibilidad de articular seriamente cualquiera de las posiciones habitualmente definidas como ideológicas (21). Se hizo particular hincapié en la idea de diversidad poniéndola en clave de multiculturalismo, lo que excluye el tipo de formación discursiva propia de las ideologías. En su forma extrema, como lo ha señalado el sociólogo Zygmunt Bauman, insistir en la diferencia termina conduciendo paradójicamente, a la indiferencia, a una actitud en al que naufragan valores universalizables -o al menos generalizables con cierta amplitud- en el altar del respeto por las modalidades culturales (22). Según lo señala el mismo Bauman el multiculturalismo deriva en una ideología de la postmodernidad, algo así como la ideología de la época de la muerte de las ideologías.

La desestimación de la ideología cobró impulso adicional al producirse el colapso del comunismo en el Este de Europa. Puede apreciárselo en los comentarios sobre el "fin de la historia" (23) o en otros trabajos generalmente apoyados en construcciones de tipo sistémico, partiendo de la idea de que se habría llegado a una situación, al menos por el momento en los países "centrales", caracterizada por la vigencia de las instituciones de la democracia representativa y el imperio de la economía liberal de mercado, cuya rápida globalización estaría señalando la definitiva superación de las contradicciones y enfrentamientos políticos, nacionales y clasistas. La democracia capitalista está, desde 1989, en una situación nueva: no tiene obstáculos externos, ya no hay en el mundo un sistema alternativo capaz de desafiarla y tampoco parece tener enemigos internos tan poderosos como para ponerla en peligro. En ese contexto no cabría suponer que haya espacio para las ideologías, en un sentido fuerte y sustantivo de la palabra; y menos aún para un concepto operativo de ideología que podría ser fácilmente reemplazado, cuando se trata de aludir a las formaciones sociales subjetivas, por el de "imaginario social" un otro más o menos equivalente.

La persistencia de la ideología.

Pero las perspectivas del "fin de la ideología" o de la "muerte de las ideologías" dejaban problemas pendientes. En un nivel teórico general y como lo comentó agudamente Alisdair MacIntyre(24), "los teóricos del fin de la ideología fracasaron en hacerse cargo de una crucial posibilidad alternativa: que la teoría del fin de la ideología, lejos de marcar esa extinción, constituyera en sí misma la expresión clave de la ideología del tiempo y lugar en que fue expresada". Los puntos de vista de la escuela del "fin de la ideología" contendrían, entonces, ciertas evaluaciones sobre la naturaleza humana, sobre le funcionamiento que debería tener la racionalidad, sobre el valor del consenso y sobre las características que deberían atribuirse a una sociedad civil pragmática y tolerante. Sostener que esos puntos de vista se sustentan exclusivamente en una perspectiva de carácter científico y que todo lo demás es ideología, -que debe ser despreciada, en términos de valor de verdad-, implica tanto ceguera como chicanería intelectual. La ciencia social "desideologizada" sería, en lo fundamental, el mecanismo de recusar los discursos en torno a temas radicales y a perspectivas de cambio político y, más que nada, social, bajo la imputación de haber incurrido en "irracionalidad ideológica", en formas anticientíficas de pensamiento.

De modo que es sencillo concluir que el "fin de la ideología", así como el cientismo aséptico con el cual se emparenta, es una posición a su vez ideológica, comprometida con una forma de liberalismo pragmático y, más que nada con un liberismo apoyado en el mito del mercado global, tendiente a sustentarlos en la ciencia y a ponerlos al abrigo, en consecuencia, del debate político. Un ejemplo más, podríamos de paso señalar, de la orquestación de un mito (como el del mercado global) en una clave ideológica que consiste en autonegarse.

Aunque a fines de la década de 1980, como ya lo hemos dicho, resurgió repentinamente el interés por esta tesis, la teoría del "fin de la ideología" es vista ahora con más escepticismo, como una fase en el desarrollo del concepto de ideología. Sin embargo sus presupuestos -incluso los implícitos- siguen impregnando a muchos de los debates que tienen lugar y escritos que se publican ya sea en el ámbito del establishment de las ciencias sociales como en el de sus críticos.

Notas:

1) Terry Eagleton, Ideology, Londres, 1990. pag. 159 y s.s. ha dado cuenta del proceso que lleva a la crisis de la ideología en la teoría política y en la filosofía y la irrupción del mito. Para el pensamiento ilustrado, señala, el adversario de la ideología como ciencia de las ideas e incluso como cuerpo de doctrina revolucionaria o, al menos, reformista, había sido paradójicamente la ideología, pero considerada como dogma. El dogma ahora, puede agregarse, asume la formulación metafórica del mito.
2) Terry Eagleton, op. cit., pag. 188.
3) Utilizo a veces la expresión "liberismo" y su derivada neoliberismo, siguiendo a algunos expositores italianos, para diferenciarla de liberalismo. Con la primera aludo específicamente a las concepciones que giran en torno a la soberanía del mercado reservando la segunda a las formas clásicas del pensamiento asociado a las libertades públicas y al progresismo, tal como se la emplea en la tradición anglosajona.
4) Remito al lector al breve y lúcido estudio sobre esta época, centrado en la refundación de la sociología pro Durkheim y Weber y sobre su extensa resonancia posterior, culminando en el decisivo aporte de Antonio Gramsci: Juan Carlos Portantiero, ponencia en el congreso sobre el tema Gramsci e il Novecento, Cagliari, 1997, reproducido en Sociedad, revista de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) nº 11, Buenos Aires, 1997 (Nota: también disponible en País Global).
5) Fenómeno por otra parte muy sobredimensionado, seguramente como consecuencia de los temores puestos en marcha por los acontecimientos de 1848, por la Comuna de París y por las movilizaciones garibaldinas.
6) He sostenido en otro lugar, en consonancia con especialistas como Joachim Köhler (Wagner's Hitler: the prophet and his disciple, Cambridge-Oxford, 2000) y Anthony Arblaster (Viva la Libertà! Politics in Opera, Londres-Nva. York, 1992) que la obra dramática y los escritos teóricos del músico alemán Richard Wagner constituyen un poderoso manifiesto del mito racial antisemita y que su proyecto de Obra de Arte Total, que en él se inspira, es uno de los más firmes cimientos emocionales y teóricos del nazismo.
7) Sobre el racismo político la más difundida de las obras precursoras es el extenso Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, de Joseph Arthur de Gobineau, cuya publicación se inició en 1852 y una de las que mayor influencia ha ejercido Los fundamentos del siglo XIX de Houston Stewart Chamberlain, publicado en 1899. El gran precursor -y potente difusor- del racismo antisemita fue Richard Wagner quien en su opúsculo El judaísmo en la música publicado por primera vez en 1850 ya anunció la Vernichtung (aniquilación) como punto final de la "cuestión judía".
8) Su libro principal, Reflexiones sobre la violencia, fue publicado en 1908. Como lo ha señalado Isaiah Berlin estudiando el pensamiento de Sorel, no debería extrañar que su figura haya sido reivindicada con entusiasmo por el fascismo italiano pero también por el stalinismo.
9) Su obra fundamental sobre este tema es su obra Los orígenes del totalitarismo, cuya publicación se inició en inglés en 1951. V. la ed. castellana dividida en tres tomos, 1. Antisemitismo, 2. Imperialismo, 3. Totalitarismo, Madrid, 1987.
10) Un caso un tanto extremo pero que vale la pena recordar es el de Hans Reichenbach, portavoz de las líneas básicas de pensamiento del neopositivismo vienés, cuya Filosofía de la Ciencia, publicada en esos años, expulsa a Platón y a Hegel del campo de la filosofía. El primero es definido, no sin cierto desdén y pese a las opiniones que el propio Platón albergable respecto de ellos como "mero" poeta; el segundo, como autor de una prosa esotérica, nebulosa, poco menos que insensata.
11) Un ejemplo típico, mediante el cual las pretensiones de una ciencia política empírica salen al cruce de las dificultades generadas por la crisis petrolera de 1973, lo constituye la obra de Samuel Huntington vinculada con sus trabajos para la Comision Trilateral, basada en modelos sistémicos sobre los que construyó sus teorías en torno a la sobrecarga de demandas y la gobernabilidad, ampliamente utilizadas por la politología afiliada al conservadorismo neoliberal. El tipo de análisis al que me estoy refiriendo encuentra un buen ejemplo en los trabajos de David Easton. En cuanto al behaviorismo, un ejemplo importante es el libro de Burrhus F. Skinner, Más allá de la libertad y la dignidad, Barcelona, 1982, cuya primera publicación en inglés data de 1971.
12) El clima en que tenían lugar estos desarrollos teóricos queda ilustrado por el título del libro que dedicó al tema uno de los más caracterizados e influyentes sociólogos, Daniel Bell: The End of Ideology: On the Exhaustion of Political Ideas in the 50s.
13) De todos modos, no puede pasarse por alto que las contribuciones de las ciencias sociales estructuradas sobre estas bases al conocimiento de la sociedad y de los hechos políticos fueron sin duda muy importantes.
14) Vincent, a quien estoy siguiendo en esta parte, señala agudamente que algunos de los escritores más difundidos de la época eran de hecho intelectuales judíos que reflejaban en forma profunda el destino que los judíos habían padecido bajo el imperio de los dogmas ideológicos.
15) Decía Edward Shils, en Concept and Function of Ideology, (artículo cit. por Andrew Vincent, op. cit), en términos que lo colocan en la antípoda de lo que hemos visto definido como sociología del conocimiento, que "la ciencia no es y nunca ha sido parte de una cultura ideológica. El espíritu en el que trabaja la ciencia es ajeno a la ideología. Veía a la ideología como un producto del romanticismo, apto para alimentar a la "ilusión ideológica marxista".
16) Daniel Bell ha ejercido una significativa influencia, a partir de El advenimiento de la sociedad postindustrial, (1973) y de su obra posterior, Las contradicciones culturales del capitalismo. El modelo con el cual opera, de carácter historicista-teleológico y evolucionista presupone un grado muy considerable de determinismo tecnológico, en el que se margina del análisis lo relativo a los agentes sociales. Para Bell las etapas del desarrollo de la estructura social (preindustrial o primaria, industrial o secundaria y postindustrial o terciaria, basada en la información, en la cual el saber desplaza a las máquinas), que se subsidian en forma sucesiva, se relacionan con el aumento de la productividad, a su vez motorizado por la permanente incorporación de novedades en el campo de la tecnología.
17) Entre sus principales trabajos correspondientes a esta vertiente de sus pensamientos deben recordarse El hombre unidimensional y Eros y revolución de Marcuse y Vigilar y castigar y Las palabras y las cosas de Foucault.
18) Algunos de ellos, al ser editados luego bajo el título de Cuatro ensayos sobre la libertad, se han convertido en aportes señeros en los campos de la historia de las ideas y de la filosofía política. En mi Una apuesta... me esforcé por ubicar a Berlin en una línea teórica en la que se encuentran , en diferentes impostaciones, el sociólogo Max Weber y el fundador del psicoanálisis Sigmund Freud, entre otros, que rescata y asigna un lugar central al pensamiento trágico.
19) Sobre este tema v. el exhaustivo estudio de Judith A. Merkle, Management and Ideology. The Legacy of the International Scientific Management Movement, Berkeley, 1980.
20) Sobre este tema v. mi Una apuesta... cit.
21) Si hubiera que precisar una fecha simbólica de eclosión del postmodernismo podría hacérselo en 1979, cuando Jean-Francois Lyotard publicó La condition posmoderne.
22) Sobre el punto v. Zygmunt Bauman/Keith Tester, La ambivalencia de la modernidad y otras conversaciones, Barcelona, 2002.
23) Como, por ejemplo, el conocido ensayo de Francis Fukuyama sobre el "fin de la historia", asociado, precisamente, a la desaparición del enfrentamiento ideológico entre las democracias occidentales y el comunismo. Como Fukuyama consideraba, siguiendo una cierta lectura hegeliana, que la historia consistía en la dialéctica de los enfrentamientos ideológicos y dado que la ideología comunista desaparecía y dejaba sin contradictor al capitalismo liberal y democrático, era menester concluir que la historia, como se ha venido conociendo, simplemente dejaba de existir. El artículo original de Fukuyama se convirtió luego en el libro El fin de la historia y el último hombre.
24) Alisdair MacIntyre, un escritor comunitarista, crítico de las concepciones teóricas del individualismo liberal, cuyo After Virtue ha devenido un libro clásico, lo expresó en esos términos en Againist the Self-Images of the Age.