"La filosofía no es el arte de consolar a los tontos ... su única tarea es la búsqueda de la verdad y destruir prejuicios."

Ciencia de la lógica


Prólogo a la Ciencia de la lógica de Hegel
Rodolfo Mondolfo

A pesar de la importancia que tiene entre las obras hegelianas la Wissenschaft der Logik (Ciencia de la Lógica), no existía hasta una fecha no lejana (1929) sino en una única traducción: la versión italiana, excelente por cierto, de Arturo Moni (Bari, Laterza, 1925, en tres tomos), a la que se agregó, en la fecha indicada, la inglesa de Johnston y Struthers, seguida por la francesa de S. Jankélévitch (París, Aubier, 194-1-194-9). Todas las traducciones hasta entonces publicadas (francés, inglés, castellano, etc.) que se conocían con el título de Lógica de Hegel, provenían de la exposición más breve y sintética que constituye la primera parte de la Enzyklopadie der philosophischen Wissenschaften im Grundrisse (Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas en compendio), publicada por Hegel en 1811, y ampliada sucesivamente por él mismo en la segunda edición de 1821 y en la tercera de 1830, y por sus discípulos Von Henning, Michelet y Eoumann en la edición de 1832-4-5 que suele llamarse La Gran Enciclopedia, y contiene los agregados (Zusätze) introducidos por los tres discípulos mencionados utilizando apuntes de las clases, preparados por el autor o recogidos por alumnos-.


Incluso la muy conocida traducción francesa de Augusto Vera. (Logique de Hegel, traduite pour la premiére fois et accompagnée d'un commentaire perpétuel, Paris, Ladrange, 1859, en 2 vols.; 2^ ed. Germer Bailliére, 1874), ha sido hecha sobre la primera parte de la Enciclopedia, siguiendo la edición de Von Henning (primera parte de la Gran Enciclopedia), a cuyos agregados añadió Vera sus propios comentarios, resumiendo partes de la obra mayor. Versiones de la primera parte de la Lógica de la Enciclopedia son igualmente las traducciones españolas de la Lógica (de A. M. Fabié, 18-12; de Antonio Zozaya, 1892; y de Ovejero y Maury, edición sin fecha, 3? de 1918 y 4? de 1944).


No es difícil comprender porqué la Ciencia de la Lógica no tuvo, antes de las traducciones indicadas, otra traducción íntegra que la italiana de Moni, precedida únicamente por la traducción y el resumen de unas pocas partes al inglés por obra de Stirling (The Secret of Hegel, London, 1865; 2? edición 1898). La redacción de la lógica contenida en la primera parte de la Enciclopedia tenía la ventaja de ofrecer, junto con las otras dos partes, todo el sistema hegeliano; y aun cuando se la publicaba aislada, ofrecía una exposición sintética más breve y accesible, que podía satisfacer con menor esfuerzo las exigencias del público culto en general, mientras los especialistas podían y debían acudir, para la exposición más amplia y profundizada (naturalmente más difícil) al texto alemán original. Además, las partes de crítica de las ciencias contemporáneas (matemáticas y naturales) ampliamente desarrolladas en la Ciencia de la Lógica, envejecían en ciertos aspectos, frente a los progresos continuos de la ciencia.


Sin embargo, en la serie de las obras de Hegel, la Ciencia de la Lógica tiene, como hemos dicho, un lugar muy destacado. Después de la Fenomenología del Espíritu (1807), presentada por Hegel, en el subtítulo, como "primera parte del sistema de la ciencia", la Ciencia de la Lógica, escrita entre 1812 y 1816, debía, por expresa declaración del Prefacio de la primera edición, constituir la segunda parte, juntamente con la Filosofía de la naturaleza y la Filosofía del espíritu, que debían seguirla. Pero al suprimir, para la segunda edición de la Fenomenología (edición póstuma, en 1832), el subtítulo mencionado, Hegel ya parecía considerar esta obra como una introducción, más bien que como la primera parte del sistema de la ciencia.


El sistema, en su consideración más madura, que resulta de la misma estructura de la Enciclopedia, quedaba constituido por dos partes, una racional — la Lógica o ciencia del espíritu puro o de la idea en sí—, y una real, o ciencia de la realización del espíritu y la Idea, distinta en la realización natural (Filosofía de la naturaleza, en que la Idea sale de sí misma) y realización espiritual (Filosofía del Espíritu, en que la Idea vuelve a sí misma.)


Este plan de desarrollo del sistema de Hegel, por su expresa declaración, se realizó íntegramente sólo en la forma más sintética, de la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas. El desarrollo más amplio, que se había iniciado —después de la Fenomenología— con la Ciencia de la Lógica, no se realizó en proporciones correspondientes en lo que respecta a las otras dos partes, sino únicamente, como observa Croce en su prefacio a su traducción de la Enciclopedia, en lo que se refiere a la sección de la filosofía del espíritu, constituida por la Filosofía del derecho (1821).


La exposición más amplia del sistema quedó así interrumpida y limitada a la Fenomenología y a la Ciencia de la Lógica. Y aun cuando pueda aceptarse la observación de Croce, de que en cada uno de los libros de Hegel se encuentra siempre todo lo que hay de sustancial y duradero en su pensamiento, sin embargo, cabe reconocer, en la misma vinculación mutua de las dos obras mencionadas, una distinción esencial entre ellas: la Fenomenología contiene en cierto modo la gnoseología hegeliana; la Ciencia de la Lógica, la metafísica. Hay que diferenciar, por lo tanto, radicalmente esta lógica de la lógica formal, tradicional; y en esta diferencia estriba justamente la gran importancia filosófica de este libro en el sistema de Hegel, y el interés fundamental que presenta su estudio, aun cuando implique la exigencia de afrontar y superar graves dificultades de lectura e interpretación.


Para volver menos difícil la tarea del lector, y ofrecerle desde ahora una orientación, me parece oportuno dar en este prólogo una rápida síntesis de la Fenomenología y de la Ciencia de la Lógica que, al informar acerca de su contenido esencial, muestre su vinculación recíproca, y permita vislumbrar la relación que van a tener con ellas las otras partes del sistema, es decir, la filosofía de la naturaleza y la filosofía del espíritu.


La Fenomenología quiere señalar en el prefacio el alejamiento de Hegel con respecto a la filosofía romántica e imaginativa de Schelling, oponiéndole la filosofía especulativa, que debe ser ciencia y no simple amor a la ciencia. Los discípulos de Schelling creen que la verdad no debe ser objeto de comprensión, sino de contemplación y entusiasmo; adoran un absoluto en cuya unidad todas las cosas se vuelven idénticas, así como en la oscuridad nocturna todos los gatos son pardos. Pero la filosofía no debe poner inicialmente lo absoluto, sino mostrar cómo deviene y se crea; porque lo absoluto no es sustancia dada de inmediato, sino sujeto que realiza su concepto. Lo absoluto convertido en real es para Hegel el espíritu; y la Fenomenología va a mostrar el conocimiento que el espíritu logra progresivamente de sí mismo.


Punto de partida, para el espíritu individual así como para el universal (Weltgeist), es la conciencia empírica del mundo sensible; de ella surge la autoconciencia, y luego la razón, y por fin el espíritu, en un movimiento progresivo, en que el grado inferior queda eliminado y conservado al mismo tiempo, es decir superado (aufgehoben) en una realización más elevada.


El conocimiento inicial, el del ser inmediato, ofrece una apariencia de ser; una apariencia que, de acuerdo con la observación de Heráclito, se convierte sin cesar en su opuesto: el día en la noche, el calor en frío, etcétera. Pero la conciencia no acepta pasivamente las apariencias inmediatas, sino que las reúne en grupos, y así logra la percepción (Wahrnehmung: aprehensión de lo verdadero), en que las relaciones recíprocas entre las apariencias resultan más verdaderas que las apariencias mismas. Surge así el esfuerzo por aprehender la relación entre los objetos diferentes, y esto es el intelecto (Verstand), tentativa de comprensión que en el cambio incesante quiere encontrar la ley del cambio, siempre idéntica a sí misma.


En este esfuerzo de coordinación, la conciencia se ha vuelto activa, y se da cuenta de que ella es la autora de la organización de las intuiciones; y con eso logra no solamente un conocimiento más hondo de las cosas, sino también una revelación de sí misma: la autoconciencia (Selbsbewusstsein).


Se toma a sí misma por objeto; pero en eso experimenta la inquietud de salir de la subjetividad y alcanzar la certeza de que el no-yo (objeto) es idéntico al yo (sujeto). En esta fase se llama razón (Vernunft): esfuerzo por explicar el objeto por medio del pensamiento. Investigando la. interioridad del mundo, la razón descubre que las cosas son verdaderas sólo en cuanto se reducen a conceptos o leyes; pero la ley, que era hipotética y a posteriori para el intelecto, se vuelve necesaria y a priori para la razón, que se afirma soberana en la intuición de las leyes.


"Lo que tiene que ser, existe efectivamente'' (Was sein soll, ist in der Tat auch); esta fórmula de la Fenomenología prepara la posterior: "lo que es racional es real y viceversa, que aparece por primera vez en el Prólogo de la Filosofía del Derecho (1821, pág. XIX), y se repite en la Enciclopedia (§ 6, Zusatz).


Sin embargo, Hegel admite también en la Fenomenología la existencia de lo irracional, y cierta refractariedad de la naturaleza con respecto a la razón. El pensamiento quiere imprimir su sello sobre el mundo, quiere objetivarse en la creación de la civilización; y en esta tentativa cae en errores; pero a través de ellos se realiza un orden social: la razón se convierte en realidad objetiva, es decir, en espíritu.


Hegel examina esta realización del espíritu en el mundo moral, la familia y la sociedad, a través de los conflictos, errores y fracasos que aparecen en la vida y la historia. Considera la autonomía que el espíritu logra en la moralidad, el tránsito de la vida individual a la vida moral colectiva, donde los hombres viven unos para otros y realizan así lo absoluto, el reino de Dios. Llegamos de esta manera a la religión, en cuyo desarrollo Hegel distingue tres momentos: religión de la naturaleza, religión del arte (la de Grecia), y religión de la interiorización del espíritu o revelación interior de Dios (cristianismo). Pero también esta religión manifestada debe purificarse de las representaciones, los símbolos y los mitos; debe llegar al saber absoluto, en el cual el espíritu no admite otra verdad que la engendrada por su propio movimiento.


Con esto termina la Fenomenología, y empieza la ciencia del espíritu puro, es decir, la Ciencia de la Lógica, a la que debían seguir las ciencias del espíritu realizado, o filosofía de la naturaleza y filosofía del espíritu, desarrolladas luego solamente en la Enciclopedia. La historia subjetiva, cuyo desarrollo Hegel había reconstruido en la Fenomenología, va a tener su paralelo en la historia objetiva reconstruida por el sistema de la ciencia, en la lógica, la filosofía de la naturaleza y la del espíritu.


La nueva lógica con que Hegel (cfr. el Prefacio) quiere sustituir la tradicional, se plantea, como dice la Introducción, el problema procedente de la gnoseología kantiana, cuyo dualismo, de pensamiento y ser, cerraba el tránsito de nuestra conciencia al ser en sí (noúmeno). Hegel rechaza ese dualismo y el fantasma de lo incognoscible; el pensamiento es el ser o noúmeno verdadero. Sin embargo, debemos conacerlo; lo que no se logra con aceptar empíricamente las determinaciones del pensamiento, ofrecidas por la lógica tradicional, sino con engendrarlas y coordinarla -mediante el movimiento dialéctico del pensamiento mismo. Así como la Fenomenología ha mostrado que cada forma de la conciencia, al realizarse, se niega para resurgir más rica en la negación de la negación, del mismo modo la Lógica debe mostrar el mismo movimiento dialéctico en el sistema de las categorías del pensamiento puro, cuya cadena no se desarrolla por deducción, analítica, que extrae de los eslabones antecedentes los sucesivos, sino en un proceso sintético creador, engendrado por lo insatisfactorio inherente a cada eslabón. La filosofía no hace otra cosa que seguir al pensamiento en esta dialéctica.


Así la Ciencia de la Lógica inicia su desenvolvimiento, en el cuál se distinguen tres partes: la lógica del ser, la de la esencia y la del concepto.


La noción del ser es la primera y más vacía entre todas; pero su misma falta de contenido engendra un desarrollo progresivo de determinaciones, en que la lógica sé presenta como ciencia del pensamiento y ciencia del ser al mismo tiempo. El ser, vacío de todo contenido, es en efecto idéntico a la nada; pero en esta identidad de términos contradictorios, el ser-nada indeterminado se determina, y tenemos así el devenir, negación de la nada, que era negación del ser.


Del ser puro hemos pasado al ser determinado o existencia (Dasein); se ha presentado así la determinación del ser o calidad, que, como determinación, es un límite o negación de lo otro ("toda determinación es negación", decía Spinoza). Pero el ser finito es contradictorio, porque no existe sin el límite, y en éste se niega a sí -mismo; debe, por tanto, negar el límite, y en esta negación de la negación aparece su infinitud verdadera. Considerado en tal infinitud (que es referencia a sí mismo o ser por sí) el ser determinado es lo Uno, que excluye todo otro ser cualitativamente idéntico a él mismo; así, en esta exclusión y oposición, de lo uno salen los unos (múltiples).


Síntesis de estas tesis (uno) y antítesis (múltiples) es la cantidad, que es, a su vez, antítesis de la cualidad, y es también una determinación inestable, por su capacidad de aumento y disminución. Pero ella tiene determinaciones constantes en las relaciones matemáticas, síntesis de la cualidad y la cantidad, que Hegel llama medida, ordenadora de toda la naturaleza.


Sin embargo, aun en la medida la cantidad está en fluctuación continua, engendrando por sus cambios también cambios de cualidad, así que nos encontramos todavía en una progresión infinita. Para salir de ella es preciso reconocer el infinito verdadero, esto es, el ser determinado por sí mismo, que permanece constante en la multiplicidad variable de sus formas inmediatas. Este ser es la esencia, con que se pasa de la primera a la segunda parte de /a lógica: la lógica de la esencia.


La esencia es negación del ser inmediato, el cual, sin embargo, a pesar de ser apariencia ilusoria, está en relación con el ser esencial. Toda relación, pues, puede ser de dos especies: consigo mismo (identidad: A = A) y con otro (diferencia: A no es no-A). Pero los dos tienen vinculación mutua: no-A tiene sentido únicamente en relación con A; la oposición incluye una coincidencia, sin la cual no habría relación.


La filosofía, por ende, no puede aceptar las separaciones establecidas por el intelecto; ella descubre que todos los seres son opuestos (entgegengesetzt); y en esa oposición, que es distinción y vinculación al mismo tiempo, se funda la dialéctica, que reconoce con Heráclito en la lucha la generadora de todas las cosas. He aquí la nueva lógica, dinámica, heredera de la identidad de los opuestos teorizada por el Cusano, Bruno y Bohme, y de la dialéctica triádica de tesis —antítesis— síntesis, sistematizada por Fichte. La nueva lógica descubre en la oposición la unidad de todas las determinaciones lógicas y reales, cuya multiplicidad se organiza así y se dispone en un sistema.


Sin embargo, la verdadera antítesis o contradicción (Widerspruch), tal como es la oposición inicial de ser y no-ser, queda sustituida, en el desarrollo progresivo del sistema de Hegel, por la simple oposición (Entgegensetzung), que muy a menudo es pura distinción; en esto estriba, según la crítica acertada de Croce, el defecto esencial de la lógica hegeliana: el haber aplicado a la conexión de los distintos la forma propia de la dialéctica de los opuestos.


El desarrollo del sistema dialéctico parte del ser inmediato, que por su misma existencia se relaciona y opone a su fundamento; es decir, tiene relación, sea con otras existencias inmediatas (apariencias), sea con la esencia que las sostiene a todas, de manera que cada una es apariencia de la esencia, o sea fenómeno (Erscheinung). Pero la esencia no contiene nada más que lo que aparece en el fenómeno; no hay oposición entre un interior (esencia) y un exterior (fenómeno); el fenómeno es la manifestación completa de la esencia, vale decir, es realidad (Wirklichkeit). La totalidad de los fenómenos es lo absoluto, o sea la sustancia, que, como lo vio Spinoza, se identifica con la multiplicidad total de sus determinaciones o accidentes. Por esta identidad, empero, la sustancia no puede ser una unidad abstracta y vacía, sino que es la productora activa de sus accidentes, la causa de sus efectos.


Sin embargo aquí, con la cadena de las causas y los efectos, nos encontramos otra vez amenazados por un proceso al infinito. Hegel, empero, logra evitarlo, considerando que la causa contiene su efecto y está contenida en él, de modo que la relación entre ellos es de identidad, y tiene su verdad en la acción recíproca, unidad profunda de la cadena causal.


El falso infinito trascendente, simbolizado por la recta interminada en ambas direcciones (infinito del intelecto: Verstand), se sustituye así con el verdadero infinito, inmanente en lo finito y simbolizado por la figura perfecta del círculo (infinito de la Razón: Vernunft). Este infinito verdadero, honda unidad del ser, que está por debajo de toda dispersión aparente de la multiplicidad, es el que la Razón descubre para el tiempo y el universo, en la naturaleza intrínseca y el concepto de ellos. Queda superado así el punto de vista de la separación y antítesis, propio de la lógica de la esencia y sus categorías; y de esta manera llegamos a la tercera parte de la lógica a través del siguiente proceso dialéctico triádico: 1) lógica deldel ser (tesis); 2) lógica de la esencia (antítesis); y 3) lógica del concepto (síntesis).


El concepto (Begriff, de be-greifen = con-cipere) significa justamente una síntesis o unificación de elementos distintos, y sin embargo inseparables. Es lo universal que engendra sus diferenciaciones o momentos, e inversamente los recoge en su propia unidad. Sin la diferenciación y unificación correlativa, lo universal sería una abstracción vacía, tal como un triángulo que no fuera equilátero, ni isósceles ni escaleno. Por tener ni plenitud concreta, lo universal debe dirimirse: el género en las especies, la especie en los individuos.


Por este su poder creador, lo universal se convierte en lo particular y en lo individual; y el juicio expresa la identidad entre lo primero y los segundos. Lo cual sirve para llevar de nuevo la multiplicidad de las determinaciones a la unidad del concepto, pero previa desmembración de lo universal en sus momentos, cuya manifestación Hegel reconoce en el juicio (Urteil, interpretado por él como división en partes: Teile).


En el silogismo (Schluss), en cambio, que es una síntesis de juicios, se unifican e identifican los tres momentos: lo universal o término mayor, lo particular o término medio, y lo individual o término menor. Juicio y silogismo tienen ambos tres especies paralelas: 1) de existencia, 2) de reflexión, 3) de necesidad, agregándose para el juicio una cuarta especie, el juicio de concepto, como tránsito entre el juicio y el razonamiento.


El juicio de existencia (ej.: esta rosa es roja) une débilmente un objeto, que tiene también otras cualidades, con una cualidad, que pertenece también a otros objetos; y puede ser afirmativo o negativo o infinito.


El juicio de reflexión (ej.: esta planta es curativa) relaciona dos seres (planta y enfermedad), superando la pura comprobación de una existencia inmediata; puede ser individual, particular o universal. El juicio de necesidad (la rosa es una flor) afirma la identidad entre el sujeto y un género; puede ser categórico, hipotético o disyuntivo. El juicio de concepto (esta rosa es hermosa) expresa la conformidad de un sujeto respecto a su concepto; puede ser asertórico, problemático o apodíctico; pero, siendo un juicio mediato, nos lleva ya al dominio del razonamiento, cuya forma lógica es el silogismo.


La primera forma del silogismo (silogismo de existencia) es puramente formal, y muestra que un individuo (I) por medio de un particular (P) puede incluirse en lo universal (U): I-P-U. Pero esta unión —que puede presentarse también en otras dos figuras: P-I-U e I-U-P— es puramente accidental, lo cual vuelve vana toda la combinatoria de Lulio y Leibniz.


En el silogismo de reflexión el término medio es una totalidad de individuos (e): todos los hombres son mortales, Fulano es hombre, por lo tanto es mortal); por eso la premisa mayor, por ser inductiva, debe basarse ya en la conclusión, y no puede fundamentar la necesidad de ella. Tal demostración puede darla sólo el silogismo de necesidad, en el cual el término medio es un universal concreto, una naturaleza general que, al ser poseída por el individuo, le atribuye necesariamente todas las determinaciones propias. En sus formas (categórica, hipotética y disyuntiva) este silogismo pone siempre al género como conteniendo las especies, y al individuo como incluso en el género y una de sus especies. Volvemos así a la definición del concepto como universal que implica al mismo tiempo la distinción y la identidad de sus momentos múltiples.


El silogismo, como forma del pensamiento que individualiza lo universal y universaliza lo individual, se aplica a todo lo pensable. El mundo, el sistema solar, la sociedad humana, etcétera, pueden pensarse únicamente porque en cada uno de ellos la vinculación recíproca de sus momentos constituye un gran silogismo.


De esta manera el concepto formal se llena de contenido; y se efectúa el tránsito a la objetividad, cuya multiplicidad sensible debe volverse inteligible mediante la conversión de los seres individuales en momentos de un único sistema, distintos y solidarios mutuamente al mismo tiempo. El objeto es el concepto, cuya forma se ha llenado de contenido, pero de im contenido pensado, de manera que la objetividad de que se trata aquí pertenece todavía a la lógica y no a la filosofía de la naturaleza.


La lógica, por ende, considera las formas de unificación de ese objeto. Primero: el mecanismo, en el cual los elementos, por ser homogéneos, tienen una relación mutua puramente exterior, al formar un agregado o sistema, como el sistema, solar en su aspecto mecánico. Una relación íntima, y una verdadera unidad puede existir sólo entre elementos heterogéneos que tienden a una síntesis, es decir, en el quimismo. Pero, en la síntesis química los elementos pierden sus diferencias; no hay en ella, como hay en el concepto, un universal diferenciado, en el cual la unificación no elimina la multiplicidad. Esta condición se encuentra en la teleología, en la cual la multiplicidad de los seres distintos depende de un único y mismo fin.


Mecanismo, quimismo y teleología forman así una tríada dialéctica de tesis, antítesis, síntesis. Sin embargo, en la teleología continúa existiendo aún la oposición de fin y medio, concepto y objeto. Su unificación se logra en cambio en la Idea, que es la realidad que corresponde a su propio concepto y lo contiene, y por ende es la que debe ser en sí y por sí. La Idea por lo tanto es identidad del ser y el pensamiento; y tiene ella también su dialéctica.


En su forma inmediata es la Vida, en que la Idea queda encerrada en el objeto sin llegar a la autoconciencia, alcanzada en cambio por el Conocimiento, que supera el dualismo de sujeto y objeto, reduciendo el segundo al primero.


De la fase pasiva y analítica del conocimiento el pensamiento pasa a la sintética, estableciendo las relaciones que tornan inteligible al mundo y lo organizan. El pensamiento en esta actividad toma conciencia de sí mismo y de su soberanía; se hace legislador del mundo; supera el dualismo de objeto y sujeto; llega a la identidad de -pensamiento y ser, comprendiendo todas las determinaciones de ambos como momentos propios. De esta manera la razón se ha convertido en la Idea absoluta, último y supremo término de la lógica hegeliana.


El desarrollo dialéctico que presenta la Ciencia de la Lógica resulta para Hegel también de la historia de la filosofía, de la que saca él muchas sugestiones. El empleo de la historia como ratificación de la teoría, vislumbrado primeramente por Aristóteles, se ha organizado y sistematizado en Hegel por vía de una honda conciencia histórica que atribuye a la filosofía la tarea de recorrer, en rápida síntesis, el camino que el espíritu universal (Weltgeist) ha recorrido en un desenvolvimiento de centenares de siglos.


A la Idea, que la lógica alcanza como supremo grado perfecto, se opone luego la naturaleza como negación, y a ésta el' espíritu como negación de la negación. La Filosofía de la Naturaleza y la Filosofía del Espíritu se presentan por lo tanto como segunda y tercera panes del sistema en la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas, aplicándose siempre —no sólo en la relación mutua, sino también en la estructura interior de cada parte— esa forma dialéctica que hemos visto en la lógica, y que para Hegel es la forma propia de todo conocimiento filosófico.


La filosofía de la naturaleza, en efecto, se desarrolla por tres momentos (tesis, antítesis o negación, síntesis o negación de la negación), en los cuales la idea como naturaleza está: 1) en la determinación de la exterioridad e infinito aislamiento o desmembración (la Mecánica); 2) en la determinación de la particularidad, en que el ser en sí es la individualidad natural (la Física); y 3) en la determinación de la subjetividad, en que las diferencias reales de forma son llevadas a la unidad ideal (la Orgánica).
La filosofía del espíritu a su vez presenta los tres momentos siguientes de desarrollo: 1) el espíritu en la forma de la relación consigo mismo (Espíritu subjetivo); 2) el espíritu en la forma de la realidad, como de un mundo (el de la cultura) producido o por producirse por él (Espíritu objetivo); y 3) el espíritu en la unidad de su objetividad y su idealidad o concepto (Espíritu absoluto). Con el Espíritu absoluto concluye todo el sistema de la ciencia, expuesto por Hegel íntegramente en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas.


Con este rápido resumen sintético, que muestra la línea de desarrollo y el significado esencial de la lógica hegeliana y de todo el sistema, indicando la posición de la primera en el organismo total del segundo, he tratado de esclarecer previamente a los lectores el camino que van a recorrer en la Ciencia de la Lógica. Tengo que agregar ahora, para terminar, unas pocas palabras acerca de la traducción que he efectuado con la valiosa cooperación de mi esposa, y que presento al público como homenaje a su memoria.


La edición alemana, empleada para esta edición, es la edición crítica cuidada por Georg Lasson, y publicada en la Philosophischen Bibliothek de la editorial Félix Meiner (Leipzig, 1923; hay reimpresiones de 1934- y 1948). Primera y fundamental exigencia en la traducción de una obra como la presente, nos ha parecido la fidelidad escrupulosa al texto, porque el rigor y la precisión que caracterizan la terminología y la forma estilística de Hegel, no admiten libertades sin que estas signifiquen alteraciones del pensamiento expresado por el autor.


Por cierto que, como se ve en la ya mencionada traducción francesa, puede un traductor experimentar a menudo la tentación de sustituir la versión literal por una paráfrasis libre, puesto que, como lo recuerda P. Rocques, "la oscuridad de Hegel es proverbial". Pero hay que tener en cuenta al respecto las acertadas observaciones del mismo Rocques. que me parece oportuno citar:


"Es verdad que su lenguaje es pesado y sin adornos. Él menospreciaba los falsos adornos estilísticos, quería hablar al espíritu, no a la imaginación o al corazón... Quien guste de la filosofía de Hegel, gustará también de su estilo. Éste es un poco pesado, arrastrado, tal vez enredado, pero tiene una precisión muy cuidadosa, porque Hegel trabajaba prolijamente, corrigiendo sin cesar, como lo prueban la gran cantidad de tachaduras de sus manuscritos; la corrección gramatical es perfecta; la frase, sólidamente construida, es imagen exacta del pensamiento hegeliano, trabajado, sutil y complicado, pero elevado y firme... Las obras de Hegel aparecen, en la severidad extremada de la forma, siempre más llenas de pensamiento preciso, a menudo tan rigurosamente exacto que no puede cambiarse ni una palabra." Para volvernos prudentes en nuestra valoración, meditemos sobre el juicio de K. Hillebrand, que amaba el bello estilo y no era hegeliano.


"Deberíase hablar (dice Hillebrand) del lenguaje de Hegel con más respeto. Por cierto que su sintaxis es muy complicada y confusa, pero su vocabulario es único en la prosa alemana: la palabra es siempre apropiada, a menudo atrevida, generalmente original, llena de relieve conforme al espíritu del idioma alemán."


Estas observaciones justifican nuestra preocupación de fidelidad al texto. Alejarse de él sin necesidad, alterar la expresión dada por Hegel a su pensamiento, so pretexto de volverla más clara y accesible, implicaría en este caso más que nunca un peligro de traicionar el pensamiento mismo.


Sin duda, a veces resulta indispensable introducir alguna palabra aclaratoria, dar vuelta el período, dividirlo en dos o más, cuando es más largo e intrincado. Hegel suele componer, a menudo, períodos complicados, y referirse en ellos a cosas o conceptos, mencionados anteriormente, por medio de indicaciones pronominales: éste, aquél, suyo, de él, del mismo, etcétera, que muchas veces, cuando las cosas y los conceptos ya mencionados son varios, resultan de incierta referencia para el lector no preparado. En estos casos es indispensable ayudarlo con la alegación explícita del término al que la indicación de Hegel quiere remitir, así como es indispensable a menudo una construcción más directa o tata división de los periodos más complicados. Han sido estas las únicas libertades que nos hemos permitido en nuestra traducción.


Si el lector, por tanto, la encuentra a veces áspera y carente de fluidez literaria, queda advertido que eso obedece al hecho de haber querido ajustamos al texto, y, en lo posible a su estilo, a fin de no alterar el pensamiento expresado por Hegel. Pero únicamente de esta manera podíamos ofrecer al lector en español, un instrumento, digno de confianza, para el conocimiento y estudio de esta obra, tan importante en la gran construcción filosófica de Hegel, y en el vasto y poderoso influjo ejercido por su concepción dialéctica sobre el desarrollo de las corrientes filosóficas sucesivas.


No quiero referirme, con esto, sólo al amplio desenvolvimiento de la escuela hegeliana (de derecha y de izquierda) en la Alemania del siglo XIX; ni a sus múltiples repercusiones en Francia, Italia, Inglaterra, etcétera, durante el mismo siglo; ni a sus resurrecciones en varias formas de neohegelianismo, que han constituido la orientación dominante en algunos países de Europa durante los primeros decenios de este mismo siglo XX. Hay que recordar, por un lado, que el influjo de un pensamiento no se realiza sólo por vía de su aceptación y asimilación, sino también por vía de reacción y contraste. Y por otro lado, a la mayoría del público no le interesa tanto la evolución histórica del pasado, aún reciente, sino más bien la situación actual, del ambiente espiritual en que vive, piensa, actúa. Sin embargo, en este mismo sentido debe reconocerse a la concepción dialéctica, teorizada por Hegel en su Ciencia de la Lógica, una acción perdurable de importancia fundamental. Basta recordar sólo dos nombres —el de Marx y el de Kierkegaard, progenitores de las orientaciones que más ampliamente dominan a los espíritus de nuestra época actual—, para probar el persistente influjo (por vía de oposición, sin duda, no menos que por vía de asimilación) de la dialéctica hegeliana en la conciencia de nuestros días.